Heredar o reutilizar el calzado de otra persona no es buena idea: te contamos por qué

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

EL BOTIQUÍN

Heredar calzado podría traer problemas ya que el zapato se ha amoldado a la forma de otro pie.
Heredar calzado podría traer problemas ya que el zapato se ha amoldado a la forma de otro pie. La Voz de la Salud | iStock

Usar un calzado moldeado por otro pie puede modificar nuestro andar y hasta causar dolores de espalda

08 abr 2022 . Actualizado a las 11:40 h.

La práctica de heredar el calzado está sumamente extendida porque permite ahorrar al extender el tiempo de uso de los zapatos, que, en la infancia, pueden llegar a ser un visto y no visto, debido al ritmo rápido de crecimiento del pie. Aunque llevar calzado de segunda mano también es algo muy común en la edad adulta. La creciente popularidad de la moda vintage, por su estilo único, su reducido impacto ecológico y sus precios convenientes, ha llegado también, por supuesto, a los artículos de calzado. Sin embargo, reutilizar los zapatos de otra persona podría traer problemas a nuestra salud. Así lo advierte el Colexio de Podólogos de Galicia (COPOGA).

Tal como lo ilustra el cuento de la Cenicienta, no hay dos pies iguales y, lo que a uno le calza perfecto, a otra persona puede resultarle apretado, aun cuando ambas lleven la misma talla. De hecho, es importante que el calzado se amolde específicamente a la forma de nuestro pie. El problema con los zapatos heredados es que tanto la suela como la plantilla interna del calzado ya se han amoldado al pie de otra persona. ¿Qué consecuencias puede tener esto? Más de las que podríamos pensar, sobre todo, si hablamos de niños.

«Cada uno de nosotros tiene una estructura del pie y una forma de pisar y eso se traslada al calzado. Dependiendo de cómo tengas el pie, el calzado se deforma de una manera o de otra, tanto por fuera, en la suela, como por dentro, la plantilla del calzado. Si el calzado se hereda, heredas ese desgaste del calzado. Con lo cual, si tú caminas de manera normal y la persona de la que heredaste el calzado caminaba mal, vas a heredar esa manera de caminar. Te va a provocar que camines mal. Esto puede provocar un mal crecimiento del pie en edad infantil: entre los 3 y los 8 años es cuando se forma el 80 % del pie. También te puede provocar alteraciones en el crecimiento de las piernas. Imagínate que un zapato está más desgastado que el otro. Esto hace que una pierna vaya con cierto retraso y puede provocar alteraciones a nivel de la columna», explica Juan Dios Tomé, presidente del Colexio de Podólogos de Galicia.

Desde el COPOGA indican que los pies de los niños crecen entre siete u ocho milímetros cada tres meses y apuntan que unos dedos de los pies comprimidos, aunque no duelan, pueden generar lesiones y modificaciones de la marcha. En este sentido, la recomendación es firme. «El consejo es que nunca se herede el calzado, salvo que sea un calzado que se haya usado muy poco y que no tenga ningún signo de desgaste ni en la suela ni en la plantilla interna», dice Dios Tomé. 

El nivel de desgaste se debe comprobar en la totalidad del calzado. La suela es de especial relevancia: si está muy desgastada, las irregularidades del suelo pueden notarse mucho más en el pie, y causar molestias o dolor. Solo si los zapatos conservan su forma original y toda o casi toda su robustez se puede decir que son aptos para ser reutilizados. Eso sí, siempre teniendo en cuenta la forma de la plantilla. En el caso de que esté nueva, se puede reutilizar; si no, conviene cambiarla por una nueva. También hay que fijarse en los refuerzos, que deben estar en óptimas condiciones. El talón no debe estar vencido ni hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni arrugado. De lo contrario, además de ser un calzado menos rígido y estable, modificará la forma de pisar del segundo usuario y será menos resistentes ante cualquier posible roce o impacto con algún elemento, como piedras sueltas o grava. Conviene, además, fijarse en el empeine, un buen indicador del uso del calzado. Si está muy doblado y arrugado, es posible que el zapato se encuentre muy usado.

Y aunque esta advertencia es importante en la edad infantil, lamentablemente, los adultos tampoco estamos a salvo llevando calzado de segunda mano. «En edad adulta, de hecho, puede provocar aún muchos más problemas. Los niños, dentro de lo malo de heredar calzado, son laxos, flexibles. Sus estructuras musculares pueden maladaptarse por caminar con ese calzado. En los niños, solo se producen alteraciones en el crecimiento y en el desarrollo del aparato locomotor. Pero en el adulto se puede producir un dolor a nivel de la rodilla, la pantorrilla, el tobillo, la fascia plantar. Porque se provoca una manera de caminar totalmente antifisiológica. Ahí aparecen dolencias en articulaciones o en la espalda que antes no tenías», advierte el podólogo.

¿Cuánto tiempo podemos usar un calzado?

Todos tenemos un par de zapatillas o zapatos preferidos: esos de los que, aunque ya tengan varios años, aunque se note que tienen mucho uso, no logramos desprendernos, porque son los más cómodos o porque nos hacen sentir bien, o porque combinan con toda nuestra ropa. Aquí viene la mala noticia: cuando el desgaste se hace evidente, ya es hora de cambiarlos. «Todos los calzados tienen una vida útil, tanto el calzado de uso diario como el deportivo. Normalmente, la gente suele gastar el calzado por la zona externa del talón. Cuando tenga un gastado más notorio, probablemente haya que cambiar el calzado. En la zona del empeine, hay que controlar que el calzado no esté muy cedido. Si está muy abierto y no te sujeta la zona del empeine, también hay que desecharlo», sugiere Dios Tomé.

Y hay que tener especial cuidado con las zapatillas de correr. «El calzado deportivo aún tiene una vida útil más corta, porque suelen ser suelas más blandas y lo que provoca eso es que se gasten con mucha facilidad. Y si corres por asfalto, eso hará que se gaste aún más rápido. Una zapatilla tiene una vida media de entre 600 y 800 kilómetros», señala Dios Tomé.

Alternar el uso

Ya sean zapatillas, botas, mocasines o stilettos, variar el tipo de zapatos que llevamos tiene una utilidad que va mucho más allá de complementar nuestro atuendo. «El calzado tenemos que alternarlo. Sobre todo a nivel pediátrico, está la costumbre de que los niños solo usen calzado deportivo para todo, para ir al colegio, para jugar. Pero en los días en los que no hacen actividad física, hay que aprovechar para poner otro calzado que no sea deportivo, porque si no, el pie se acostumbra demasiado al calzado deportivo y en realidad tiene que acostumbrarse a usar de todo y amoldarse a diferentes texturas y materiales», explica el especialista.

La importancia de andar descalzo

Hay varios motivos por los que pasar tiempo descalzos es beneficioso para la salud. «El andar descalzo es muy gratificante y muy necesario, sobre todo en edades pediátricas. Desde que empiezan a caminar, los niños pueden andar descalzos o con calcetines antideslizantes el mayor tiempo posible. Es necesario para desarrollar la sensación propioceptiva en las terminaciones del pie y también para fortalecer la musculatura intrínseca que empieza y acaba en el propio pie. Eso ayuda al crecimiento óptimo del arco plantar, y del talón, para que no caiga hacia adentro ni se desplace hacia afuera. Esto favorecerá al desarrollo óseo y muscular del pie para que vaya dentro de las condiciones normales», explica Dios Tomé.

En cuanto a los adultos, aunque el crecimiento ya ha finalizado, se puede mantener esa musculatura a punto con estiramientos, «para que en las actividades de la vida diaria no haya molestias ni patologías», dice Dios Tomé.

La talla justa

Otra práctica frecuente y desaconsejada es comprarles a los niños un calzado algo más grande para que puedan usarlo por más tiempo a medida que van creciendo. Esto puede causar problemas para caminar. «El calzado tiene que ser adecuado al tamaño del pie. Un calzado apretado está desaconsejado totalmente. Y un calzado flojo, amplio, pensado para que dure en el crecimiento, no es adecuado tampoco, porque hace que el pie no vaya sujeto y eso puede generar inestabilidad en la marcha, haciendo que el niño camine peor. Además, lógicamente, de la aparición de rozaduras debido al excesivo movimiento del pie dentro del calzado», señala Dios Tomé.

¿Cómo saber si la talla es la correcta? Además de probar el calzado para asegurarnos de que sea cómodo, «hay que mirar si se tiene el primer o el segundo dedo más largo. El calzado siempre tiene que quedar medio centímetro más largo que el dedo más largo, entonces hay que vigilar ese detalle. Porque si el dedo más largo es el segundo y no lo tenemos en cuenta, el calzado puede quedar apretado y podemos generar un dedo en garra o martillo», advierte el podólogo.

Me huelen mal los pies, ¿tiene solución?, ¿significa que tengo hongos?, ¿se puede operar?

Lois Balado

Hace ya unos cuantos años, la publicidad de los noventa nos convencía de que la única manera de combatir el olor de pies era camuflarlo. Como si la bromhidrosis (este es el término médico para el olor de pies) fuese una especie de maldición que, como mucho, podíamos esconder. Pero si cuando nos quitamos los zapatos en casa tras un largo día de trabajo, notamos un desagradable olor saliendo de las plantas de nuestros pies, sepan que, por supuesto no es una maldición, un estigma, un tabú ni nada que se le parezca y que existen soluciones para combatirlo con resultados eficacesPorque el olor de pies no es más que el resultado de la presencia de bacterias que, por culpa de un exceso de sudor (hiperhidrosis) que ha deteriorado nuestra piel, han llegado a un lugar en el que no deberían estar.

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.