Guerra en Ucrania: ¿Qué efectos tienen las armas químicas en el cuerpo?

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

EL BOTIQUÍN

Las armas químicas están prohibidas por la Convención de 1993 de la Organización por la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ).
Las armas químicas están prohibidas por la Convención de 1993 de la Organización por la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ).

Aunque el uso de estas armas no ha sido confirmado, se alerta desde hace semanas sobre esta posibilidad

13 abr 2022 . Actualizado a las 13:41 h.

La invasión rusa a Ucrania ha escalado un nuevo peldaño en intensidad con la denuncia, a comienzos de esta semana, del uso de armas químicas por parte de los rusos en Mariúpol. Esto no es nuevo. Ya en febrero, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, había alertado de la posibilidad de que Rusia desplegara este tipo de armas, aunque su uso, hasta el momento, no ha sido confirmado. Pero el uso de armas químicas «supondría una violación de todas las normas», ha advertido Jens Stoltenberg, Secretario General de la OTAN: se trata de elementos que están prohibidos a nivel internacional. ¿Por qué son tan peligrosas las armas químicas? Se trata de sustancias que causan estragos a nivel del organismo.

Qué es un arma química

Según define la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un documento publicado en el 1987, un arma química es una «sustancia química concebida para uso en operaciones militares y no militares con objeto de matar, herir gravemente o discapacitar de otro modo a las personas, alterar o destruir el medio ambiente y las economías nacionales». «Dentro de la definición de arma química también se incluyen aquellas municiones, dispositivos y otros equipos diseñados específicamente para convertir en arma las sustancias químicas tóxicas», señalan desde la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ). Los precursores, es decir, aquellos reactivos químicos que se utilizan en la producción de las sustancias tóxicas, también se pueden considerar como armas químicas cuando se los emplea con el fin de provocar esos efectos.

Aunque su historia se remonta a la antigüedad, cuando se quemaban mezclas de azufre y alquitrán para producir humos asfixiantes, la primera arma química moderna se utilizó a principios del siglo XX. Se trataba del bromoacetato de etilo (BAE), cuyos vapores altamente irritantes lograban incapacitar temporalmente a las masas. Durante la Primera Guerra Mundial, se utilizaron el cloro, el gas mostaza y el fosgeno, todas sustancias tóxicas.

Las armas químicas tienen la capacidad de esparcir elementos tóxicos que actúan según distintos principios activos y pueden provocar muertes a gran escala cuando se despliegan dentro de una bomba o un proyectil de artillería. Son sumamente peligrosas para la población civil y pueden afectarla gravemente. Por esta razón, el uso de armas químicas está prohibido.

Tipos de armas químicas y sus efectos

Las armas químicas se clasifican según sus propiedades tóxicas. Si bien las más conocidas son las sustancias asfixiantes, en muchos casos se utilizan productos que buscan paralizar asimismo la musculatura, generando un efecto incapacitante. Así, hay distintos grupos de armas químicas. Algunos de ellos, según la clasificación de la OMS, son:

Agentes nerviosos letales. Actúan inhibiendo la enzima colinesterasa, lo que produce la acumulación de acetilcolina en los receptores y el bloqueo de la transmisión nerviosa. Se acumula un exceso de acetilcolina. La acción de los músculos se vuelve incontrolada, los músculos se fatigan y colapsan. Las glándulas secretan continuamente lágrimas, sudor o mocos. Finalmente, se produce la muerte por parálisis respiratoria.

Agentes pulmonares letales. Dañan gravemente el epitelio del tracto respiratorio causando edema pulmonar, provocan inhibición de la transferencia de gases y muerte por asfixia. Sus efectos pueden tardar hasta cuatro horas en aparecer, y la muerte se produce al cabo de 24 horas.

Agentes vesicantes de acción tisular. Son corrosivos para los tejidos, producen irritación y ampollas. Penetran rápidamente en la piel y las membranas mucosas. Las zonas más afectadas son los ojos, la piel, y el epitelio del tracto respiratorio. Reaccionan por alquilación con componentes celulares (enzimas, otras proteínas, ADN), y causan muerte celular. En el caso de las mostazas, atacan al ADN produciendo efectos análogos a los de las radiaciones ionizantes, inclusive efectos a largo plazo en la médula ósea y los tejidos linfoides. Los efectos pueden retrasarse, ya que los tejidos dañados son muy susceptibles a la infección y tardan en curarse. Las levisitas, por ejemplo, son compuestos de arsénico vesicantes con efecto particularmente rápido en las superficies corporales expuestas e intoxicación arsenical sistémica por absorción. Las oximas halogenadas producen corrosión grave de los tejidos y necrosis.

Agentes psicomiméticos. Son compuestos muy activos que afectan al sistema nervioso central por estímulo o depresión y producen trastornos del comportamiento. Los depresivos causan confusión mental y conductas autodestructivas, mientras que los estimulantes producen alucinaciones, paranoia y profundos cambios de comportamiento.

Productos antidisturbios incapacitantes. Son gases o aerosoles irritantes con efectos en los ojos, la piel y los pulmones, pero con baja toxicidad aguda, o productos que incapacitan mediante inducción de fuertes náuseas y vómitos.

Aunque no se ha establecido cuáles son las armas químicas que podrían utilizarse en Ucrania, estas se han utilizado en otros conflictos bélicos. En Siria, uno de los seis países que no firmaron la Convención de 1993 de la OPAQ que prohíbe estas armas, el uso de gas sarín, mostaza, cloro o azufre habría causado unos 2.000 muertos, según estimaciones del Comité Internacional de la Cruz Roja. El gas sarín también había sido utilizado durante la guerra entre Irán e Irak, en el 1988, en la localidad de Halabja, donde miles de personas murieron a causa de este agente nervioso. 

El gas sarín es una sustancia neurotóxica, inodora e invisible, que fue descubierta en Alemania en el 1938, por casualidad, por un equipo de químicos que trabajaba con pesticidas. Se trata de un producto sumamente letal que, con solo hacer contacto con la piel, bloquea la transmisión nerviosa y conduce a la muerte. Los primeros síntomas que provoca son dolores de cabeza y pupilas dilatadas. Luego se producen convulsiones y, finalmente, el paro cardiorrespiratorio. El gas puede ser utilizado en aerosol, para envenenar el agua y los alimentos. La dosis letal para un adulto es de medio miligramo. Para causar estos efectos mortales, el gas sarín tiene que rociarse en forma de aerosol desde una distancia cercana.

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Laura Miyara

El jueves 24 de febrero el mundo se despertó con la noticia de la invasión rusa a Ucrania. Tras una escalada de tensión, se había desatado la guerra. Está claro que un suceso de tal magnitud tuvo, desde el inicio, consecuencias devastadoras en la salud mental de la población, que sigue luchando por mantenerse a salvo de los bombardeos en distintas ciudades.

Primero se habla de una situación de estrés agudo que impacta en las personas directamente afectadas por el conflicto. Pero, con el paso del tiempo, cuando la situación se prolonga sin que haya posibilidad de alejarse, se puede desarrollar un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Se trata de una enfermedad de salud mental que puede desencadenarse a partir de la vivencia de experiencias aterradoras que marcan a la persona. Cuando un momento se vive como un evento traumático, hay riesgo de desarrollar este trastorno.

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.