Día Internacional de la Mujer: la brecha de género en la salud provoca muertes evitables

La Voz de la Salud

ENFERMEDADES

La brecha de género y el sexo siguen siendo determinantes a la hora de diagnosticar cientos de enfermedades
La brecha de género y el sexo siguen siendo determinantes a la hora de diagnosticar cientos de enfermedades

Con motivo del 8M repasamos cómo afectan los sesgos de género a la Medicina

08 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Si les dicen, sin darles más datos, que una persona ha sufrido un infarto de miocardio, ¿cómo se imaginan a esa persona? ¿Sería un hombre o una mujer? ¿Lo asociarían a una persona de éxito en los negocios? ¿Fumaría o bebería? Quizás, bien entrado el siglo XXI, sus respuestas sean variadas. Desde luego, mucho más que hace tan solo un par de décadas cuando el arquetipo de persona que sufría una cardiopatía isquémica podría dibujarse con los ojos cerrados: varón, fumador y con una posición socioeconómica alta; en definitiva, un «hombre de negocios».

Un buen ejemplo es el que veíamos en la sexta temporada de la archiconocida serie Friends, emitida entre septiembre de 1999 y mayo del 2000. En el episodio «El de lo que podría haber sido (The One That Could Have Been)» Phoebe, una de las protagonistas, sufría un infarto. Lo hacía por el estrés de ser una alta ejecutiva, siempre colgada del teléfono y con un pitillo de manera constante en la boca. Phoebe era una mujer, pero se le asoció al modelo de «hombre de negocios» para ayudar a identificar las razones por las que sufría un infarto.

Pueden pensar que esta asociación es casual, pero no lo es tanto. Era lo que sabíamos sobre estos accidentes coronarios, basados en una investigación con un claro sesgo de género. «En el último tercio del siglo XX se vinculó la patología coronaria al desarrollo socioeconómico y se consolidó la noción de enfermedad de la riqueza que afectaba a los hombres, especialmente a los ejecutivos. A ello contribuyó el sesgo en la investigación que introdujo la Food and Drug Administration, al proponer en 1977 la exclusión de las mujeres en edad fértil de los ensayos clínicos, y los sesgos de género en el diagnóstico y el tratamiento de las mujeres con cardiopatía isquémica». explicaba María José Ruiz Somavilla en su estudio «Género y divulgación de la cardiopatía isquémica». Básicamente, los estudios clínicos sobre cómo funcionaba un infarto se habían realizado en hombres. Una vez concluída la investigación, se dio por hecho que los resultados podían extrapolarse igualmente para las mujeres. Un error que dio como resultado que los casos reales de cardiopatías isquémicas en mujeres fuesen superiores a los casos diagnosticados.

«Gracias a un estudio publicado a principios de los años 90 en la prestigiosa revista The New England Journal of Medicine se demostró que, en el caso del infarto, se hace un menor esfuerzo diagnóstico y terapéutico en mujeres que en hombres. El problema principal es que las mujeres y los hombres lo cursamos de manera diferente. Los hombres sufren el infarto de libro o de película, con dolor precordial, irradiación al brazo izquierdo, pero en las mujeres es mucho más inespecífico. Además, cuando el médico se da cuenta de que puede ser un infarto, a pesar de los diferentes síntomas, los resultados del electrocardiograma también son diferentes entre los dos sexos. Eso provoca confusión hasta en los propios especialistas», explicaba María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alicante, en una entrevista concedida a La Voz de Galicia.

De hecho, los profesionales de la salud afirman que el dolor de regla (dismenorrea) puede tener una intesidad similar al dolor que provoca un ataque al corazón, una apendicitis o un cálculo renal. Si no se investigaba sobre cómo cursaba un infarto y si el dolor se puede equiparar, ¿cómo puede saber una mujer que no se estaba tomando un ibuprofeno para frenar un infarto de miocardio? Es solo un ejemplo. Agua pasada no mueve molinos. El problema es que situaciones como estas se siguen repitiendo día a día en nuestros sistemas sanitarios. 

Un sesgo de género que continúa vigente en la salud

¿La medicina es machista? Lo que es innegable es que la atención al paciente está ligada a las normas del llamado patriarcado, inherente a nuestras sociedades. Y esto afecta, en gran medida, a las mujeres, pero también a los hombres. ¿Por qué la esperanza de vida es mayor en las mujeres pero viven más tiempo con enfermedades crónicas, discapacidades y peor salud mental? Estas diferencias se deben en parte a la biología, pero también a factores sociales.

Si la propia RAE (ahora con una nota que recuerda su intención despectiva o discriminatoria) recogía la acepción de sexo débil para referirse a las mujeres, ¿cómo esto no iba a calar en la salud y en la forma en la que un médico, aunque de manera inconsciente, puede actuar en función del sexo y del género? ¿Por qué es todavía frecuente ver que, ante idénticos síntomas, a un hombre se le realiza un electrocardiograma y a una mujer se le receta un ansiolítico? ¿Es normal que tantas mujeres confiesen tener que convivir con dolor crónico? Por el contrario, se sugiere que dolencias como la fibromialgia está infradiagnosticada en hombres ya que el diagnóstico se hace en base al dolor y la gravedad de los síntomas, dolor que refieren mayor las mujeres. 

Se ha identificado un retraso diagnóstico mayor en las mujeres en al menos 700 enfermedades, con la única excepción de la osteoporosis. «Nosotros hemos investigado en profundidad la espondiloartritis. Una mujer tarda un promedio de nueve años en ser diagnosticada y un hombre tarda seis años. ¿Por qué? Porque la enfermedad se expresa de manera diferente. Eso pasa porque el médico se centra más en cómo aparece en los hombres, a nivel de la columna vertebral, mientras que en las mujeres aparece con problemas periféricos, en las manos y los pies. Al final hay muchos diagnósticos erróneos con sus correspondientes tratamientos equivocados», explicaba María Teresa Ruiz Cantero a La Voz, una situación que se replica con otras patologías como el síndrome de intestino irritable, el Crohn o el cáncer de colon.

Sobre estos estereotipos, prejuicios y discriminaciones ahonda también Carme Valls Llobet en su libro «Mujeres invisibles para la medicina», donde pone ejemplos del amplio campo de estudio que hay sobre la próstata en comparación con el ciclo menstrual. Sucede también con la salud mental. Los roles de género (en definitiva, el patriarcado) convirtieron los problemas de ansiedad y depresión en un estigma para los varones. La idea de masculinidad hegemónica, tradicionalmente imperante en la sociedad, marcaba que un hombre debía ser fuerte y sano, conceptos que se asocian al poder y la autoridad. «La adquisición de poder requiere que el hombre rechace el dolor, niegue la debilidad y vulnerabilidad, controle sus emociones, rechace lo considerado “femenino”, algunos estilos de vida saludables y asuma riesgos. Ello está relacionado con los estereotipos de feminidad y masculinidad. Así, por ejemplo, mientras que a las mujeres se las considera “emotivas,  sensibles, comprensivas, tiernas y expresivas”, a los hombres les corresponde ser “poco expresivos, competitivos, agresivos, fuertes y  dominantes”», exponían Carme Borrell y Lucía Artazcoz en su trabajo «5ª monografía de la Sociedad Española de Epidemiología».

Marlon Brando, icono de lo que tradicionalmente se ha entendido como «masculinidad».

Un ejemplo claro de este sesgo de género es la salud mental. Hay el doble de prevalencia de depresión entre las mujeres que en los hombres. ¿Por qué? Según Isabel Cuéllar, miembro de la Asociación Española de Psicología Clínica y Psicopatología (AEPCP), no hay ningún factor biológico (ni hormonal ni anatómico) que explique estas diferencias, por lo que las razones parecen atender a motivos psicosociales. «Las mujeres sufren más elementos estresantes». dice, como pueden ser la conciliación familiar y laboral y estar expuestas a más situaciones traumáticas, como la posible depresión posparto.

Por su parte, Víctor Pérez, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica (SEPB), reconoce que, en base a esta idea de masculinidad, a los hombres les «suele costar más ir a explicar a la gente problemas emocionales y también solemos recurrir más a la automedicación con alcohol». ¿Esta diferencia sería menor si los varones solicitaran más ayuda? Cree que sí: «Con el paso del tiempo los hombres hemos conseguido que nos cueste menos hablar de las emociones».

La realidad de los ensayos clínicos; las pruebas se realizan en hombres

La salud fue y sigue siendo androcéntrica. Es decir, pone al hombre en el centro. «Los estándares clínicos de la medicina se han creado a partir de los hombres. Hay un lobby de investigadoras en la Unión Europea que reivindica la inclusión de mujeres en los ensayos de manera representativa al porcentaje de población consumidora. Las mujeres tenemos una variabilidad hormonal diferente que produce unas reacciones cruzadas entre los fármacos ensayados solo en hombres, de este modo, se pueden potenciar los efectos secundarios o aparecer otros diferentes. Hay un caso muy llamativo en esto. En el año 2015 se intenta comercializar el flibanserin, una especie de viagra femenina, y aparecieron reacciones cruzadas con el alcohol. Pues bien, el ensayo para comprobarlo se hizo con 27 sujetos donde solo dos eran mujeres», explica María Teresa Ruiz Cantero que cree que la solución a esta brecha pasa por incorporar la perspectiva de género en toda la sociedad y que llegue también a las facultades. No es solo cosa de los médicos, es cosa de todos.

Del mismo modo, la investigadora del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) Guadalupe Sabio recordó hace no mucho en una entrevista cómo históricamente los medicamentos habían sido diseñados exclusivamente para hombres y la necesidad de incluir esta perspectiva de género en la salud pública. Afortunadamente, reconoce que la situación ha mejorado en los últimos años.

Carme Borrell y Lucía Artazcoz recogen en su trabajo variables indicadoras de sesgos de género en ensayos clínicos. Según datos extraídos del Hospital Servet de Zaragoza se detectó una mayor participación de hombres (62,3%) que de mujeres (37,7%). Las autoras dan más ejemplos de sesgos de género en el esfuerzo terapéutico, como en el acceso y utilización de una atención sanitaria de calidad, como la derivación a los especialistas desde atención primaria, o la proporcionada en los hospitales. El Institut Catala d'Oncologia detectó que las mujeres, por ejemplo, son menos readmitidas que los hombres con cáncer colorrectal. 

El médico y sociólogo británico Julian Tudor Hart acuñó la frase. «Cuando los doctores comenzaron a medir su trabajo, midieron lo que vieron e hicieron, no lo que no vieron y por lo tanto no pudieron hacer». Sea por ingenuidad o por falta de interés, a la ciencia se le han escapado muchas cosas. Una brecha de género que, si se la ignora, provoca muertes evitables en las mujeres como reconoce María Teresa Ruiz Cantero. «Si no tomas las medidas terapéuticas oportunas, el problema crece y puede tener ese final. Ante el infarto ya se ha evidenciado que hay una mayor tasa de muerte hospitalaria en mujeres que en hombres porque ingresan más graves. No tener en cuenta la perspectiva de género en la atención sanitaria hace que mueran más mujeres»