Soledad Bolea, expaciente de cáncer de ovario: «Estuve cuatro meses diciendo que me sentía mal»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

Soledad Bolea, expaciente de cáncer.
Soledad Bolea, expaciente de cáncer.

Es vicepresidenta de ASACO y reconoce que completar el Camino de Santiago le ayudó a descubrir que «está curada»

08 may 2022 . Actualizado a las 21:22 h.

Soledad Bolea tenía 37 años cuando, en el 1992, le diagnosticaron cáncer de ovario. Su hija, cinco. «La noticia fue muy impactante», reconoce, «la última persona a la que imaginaría que esto le podría pasar era a mí». El 8 de mayo se conmemora el Día Internacional del Cáncer de Ovario, un tumor cuya supervivencia se sitúa en el 40,9 % y se considera la primera causa de muerte en cáncer ginecológico al ser diagnosticado habitualmente en estadios avanzados.

¿El peligro? Sus síntomas que más allá de alertar, confunden: «Soy la típica persona que estuvo tres o cuatro meses diciendo: “Me siento mal”. Los médicos de cabecera empezaron a darme vueltas. Me decían que podría ser un tema de alergias o respiratorio», recuerda. Mientras tanto, Soledad estaba agotada. Iba perdiendo fuerzas a medida que pasaba el tiempo, sentía presión al orinar y no lograba controlar la micción por completo.

Más allá de vivir con la incertidumbre del «¿qué tendré?», también tuvo que soportar que no la creyesen: «Un médico me dijo: “Oiga, que yo no entiendo de depresión”, y precisamente, que no entendiesen mis síntomas todavía me hundía más en aquel momento. Me sentí desvalorizada», señala.

La confirmación de una sospecha vino en el momento menos esperado: «Hice que una amiga médica me mirase. Estábamos en plenas fiestas del pueblo y le dije: “Me tienes que decir qué me pasa porque ya no puedo más”», cuenta. Con solo ponerle la mano en el vientre le respondió: «Tienes un cáncer de ovario. Mañana preséntate en urgencias del hospital para que te metan a quirófano». Y así lo hizo. 

La primera consulta fue con el ginecólogo. El profesional habló de «células atípicas» y Soledad se quedó en blanco: «Yo creo que en ese momento nos enteramos, como mucho, de un 10 % de lo que nos dicen. Por eso es tan importante ir acompañada y llevar una libreta para tomar notas». A los tres días la operaron. 

Momento de la operación: «Me dijeron: "Esto pinta mal"»

La intervención duró ocho horas y media. Entraba, por así decirlo, a ciegas: «A mi me dijeron, “esto pinta mal”, pero no me hablaron de cáncer», señala, y añade: «Creo que fue porque el ginecólogo quería que entrase fuerte a quirófano». Y tanto que lo hizo. Por el contrario, sí se lo contaron a su marido, que entre gestos y palabras, hizo que Soledad tuviese la mosca detrás de la oreja: «Me dijo: “Te querré toda mi vida”, y yo ya pensé que tanto dramatismo no podía significar nada bueno». 

Para ella, su cirujano fue un «ángel de la guarda»: «Si no lo hace alguien que sea experto en operaciones de ovario, es posible que no saliese, porque la complejidad de este órgano es que puede estar tocando otros. De ahí, que el patólogo tenga que estar revisando constantemente dónde están las células para ir limpiando más, o menos», precisa Soledad, que añade: «Es muy importante, porque si no existe una limpieza total, la metástasis puede aparecer al cabo de uno o dos años». Su caso es un buen ejemplo de lo que cuenta. El tumor estaba encapsulado en el ovario izquierdo, pero ya se había derramado por la zona intestinal, a la vez que presionaba la vejiga. 

Su cáncer estaba en estadío III C, «lo que está cerca del IV, cuando es metástasis». Como paciente considera que el problema «serio» reside en la incapacidad de pruebas que tienen los médicos de cabecera «para la detección ante unos síntomas que no están claros», explica. Dolor de barriga, cansancio, «y hasta que no se inflama el vientre, que indica el estadío III, no les ocurre enviarte a un ginecólogo», denuncia. 

«Me dijo que iba a tener seis sesiones de quimioterapia muy fuertes, porque al ser joven, tenía más riesgo de que apareciese de nuevo»

Comienza la recuperación. Después de unos cinco días ingresada, confirman su diagnóstico: «No me lo esperaba hasta el punto que, la intervención fue en septiembre, y yo les dije a mis compañeros que en octubre estaría de vuelta». 

Fue el oncólogo quien la puso de frente contra su realidad: «Me dijo que se me iba a caer el pelo y que iba a tener seis sesiones de quimioterapia muy fuertes, porque al ser joven, tenía más riesgo de que apareciese de nuevo», cuenta Soledad, que recuerda: «Sentí como si se cayese una plancha metálica en la cabeza». 

Lo siguiente fueron seis meses de goteros. Por aquel entonces, se tenía que quedar dos días ingresada: «Primero hacían una hidratación, me ponían la medicación y después esperaban a ver cómo reaccionaba». 

Las emociones iban y venían: «Se me sumaron 30 años de golpe. Tenía poca fuerza en las manos y en los pies, y no podía andar como de costumbre», señala. También le preocupaba su sexualidad: «Con 37 años me preguntaba si podría volver a tener un orgasmo, por ejemplo», y sin duda, la caída del pelo: «Hay personas que lo llevan muy bien. Se ponen un pañuelo y ya está. Pero para mí era muy importante que no se notara y me hice una peluca de pelo natural para no dar explicaciones a nadie». Ahora, sí lo cuenta. 

«La esperanza de vida no te la dan fácilmente. A mi me dijeron: “De momento, te has librado estos seis meses”». Es más, le advirtieron de que tendría que volver a entrar a quirófano para extraer líquidos y buscar resto de células. Soledad se negó: «Dije que no porque no tenía fuerza, podía quedarme en la mesa». No la convencieron, y aceptó el riesgo. Hoy puede decir que nunca más ha tenido un tumor. 

Cambio de trabajo y tiempo para una nueva carrera: psicología

El cáncer transformó su vida: «Hice muchos cambios en mi día a día, y un gran esfuerzo por cuidarme. Trabajé mi salud mental y física». En primer lugar, escogió otro trabajo: «Necesitaba tener tiempo para mí, y dónde estaba, no tenía ni los fines de semana libres», indica. Después descubrió la importancia de la psicología: «Me fui a Barcelona, al hospital San Pablo, y allí estuve hablando con una psicóloga y las enfermeras. Ellas me preguntaron: “¿Tú qué necesitas para curarte?”, y yo les respondí: “Primero, necesito ver bien a alguna mujer que haya estado peor que yo», indica. 

Al ver la importancia de una comunidad con la que puedas compartir la experiencia y el proceso de pasar por un cáncer, fundó junto a una compañera una asociación en Zaragoza: «Era de mama y de ovario». También se especializó en el campo de la salud mental: «A la vez que trabajaba, me sacaba la carrera de psicología por la UNED. Luego, me hice psicooncóloga en la Complutense», cuenta. Y ojo, porque Soledad ya tenía dos licenciaturas más. 

Después de fundar la primera entidad de pacientes, se animó a crear la Asociación de Afectados por Cáncer de Ovario (Asaco): «Llevamos diez años con ella. Decidimos separarnos del tumor de mama porque el de ovario siempre se quedaba en un rincón, y también hay que luchar por él», reivindica. Como vicepresidenta, y psicooncóloga atiende a pacientes de todo el mundo: «Justo antes de tu llamada, hablé con una española que vive en Suiza». 

No es de extrañar. Tiene un humor que levanta ánimos. Tanto que en el año siguiente a su diagnóstico se lanzó a hacer el Camino de Santiago. 17 kilómetros (uno más, uno menos) cada día: «Cuando llegué a Santiago sentí que ya había vuelto a tener 37 años otra vez, y que estaba curada». Lo hizo para descubrir si seguía siendo «una mujer joven o una abuela». Pero esto no se quedó ahí. 

Soledad cuida su alimentación, come saludable y deja de lado las grasas malas. «También llego cada día a los 10.000 pasos», dice. Y además, busca el sol: «Como ahora estoy jubilada, he decidido que todos los otoños e inviernos los voy a pasar en Málaga. Hay un clima buenísimo y allí no me duele nada», comenta entre risas. ¿La razón? Porque le apetece y también le da la gana. 

Montse Maceiras, superviviente de cáncer.

Montse Maceiras: «No soy la única que se divorció tras la operación de cáncer»

Lucía Cancela

Los que conocen a Montserrat Maceiras la describen como una persona con un «coraje muy particular», con una capacidad comunicativa excelente que le permite pronunciar cáncer sin temor. Así, a los cuatro vientos. «Hay que llamar a las cosas por su nombre, señores», dice ella, «si es cáncer, es cáncer, y no una enfermedad común como pone en muchos papeles burocráticos», añade. Hablar sobre esta enfermedad, ya superada, «me ayuda, y si puedo ayudar al resto, mejor», comenta esta coruñesa. 

La reivindicación que hace de su historia contribuye a que no pase desapercibida, no porque sea lo que ella pretenda, sino porque es una cruda realidad que se recuerda cada 4 de febrero en el Día Mundial contra el Cáncer. La dosis de realidad sobre una palabra de seis letras, que hace que cualquiera ponga los pies sobre la tierra. Dos tumores y ningún proceso de quimio o radioterapia construyen su versión. 

Seguir leyendo

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.