«Me duele el pecho, seguro que es un infarto»: ¿tú también eres hipocondríaco?

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

La hipocondría es una manifestación de la ansiedad enfocada en el cuidado de la salud.
La hipocondría es una manifestación de la ansiedad enfocada en el cuidado de la salud. La Voz de la Salud | iStock

Hipocondría, cuando la preocupación por la salud nos hace enfermar. Repasamos los síntomas, las causas y los tratamientos de este trastorno

19 ene 2022 . Actualizado a las 23:43 h.

En un mundo en el que nuestra esperanza de vida es cada vez mayor, preocuparnos por mantener nuestra salud en las mejores condiciones y durante el máximo tiempo posible es algo perfectamente normal y esperable. Después de todo, querer sentirnos bien es un impulso natural que permite a las especies evolucionar a lo largo del tiempo. El problema está cuando esa preocupación pasa a ser extrema, obsesiva y persistente. Este es el caso de las personas hipocondríacas: aquellas que emprenden la búsqueda incesante de soluciones para problemas de salud que creen tener. 

Carlos Sanz Andrea, psicólogo especializado en la hipocondría, describe la angustia de estos pacientes como «una interpretación particular de los síntomas que busca fallas o segundas interpretaciones ante los intentos de tranquilización de los profesionales médicos». Según el psicólogo Carlos Sánchez Polo, del Instituto Psicológico Cláritas, las personas hipocondríacas «presentan una preocupación excesiva por padecer una o varias enfermedades». «Es una manifestación de ansiedad orientada a la preocupación por su salud. Como consecuencia de la ansiedad, el estilo de vida asociado y la hipervigilancia hacia cualquier tipo de manifestación en su organismo que justifique su preocupación, estos pacientes llegan a somatizar. Estas somatizaciones se convierten en pruebas que confirman la hipótesis de una enfermedad grave», explica.

Así, se forma un círculo vicioso en el que la persona percibe un malestar, acude a un profesional, no queda satisfecha con la respuesta que pueda darle el médico y continúa en busca de otros profesionales. «El sujeto, en busca de una seguridad absoluta, se embarca en un peregrinaje interminable de consultas a especialistas, el llamado medical shopping y en búsquedas de información complementaria, principalmente por Internet. Esta conducta no solo no aleja la ansiedad si no que crea un bucle perpetuo de dudas que afectan al funcionamiento social y laboral del paciente, provocando con ello un sufrimiento y un malestar clínicamente significativos», detalla Sanz Andrea.

«Algo muy característico de este tipo de pacientes es que, por más que acudan a médicos y les den explicaciones que descarten la enfermedad grave, aunque a corto plazo puedan sentir un alivio, vuelven a sentir la preocupación. En base a esto, muchos de ellos empiezan a crear un estilo de vida orientado a las visitas médicas», observa Sánchez Polo. Al tratarse de un trastorno de ansiedad, se vuelven comunes también conductas de escape típicas de este tipo de patologías. En este caso, esas conductas se basan en hablar de sus síntomas con médicos o también con personas cercanas que puedan tranquilizarles. «Otras estrategias frecuentes son acudir al médico, buscar información en Internet, vigilar constantemente posibles síntomas, chequearse el cuerpo», dice.

El problema de esta búsqueda incesante está cuando la persona llega a ocupar gran parte de su tiempo en ella. No solo porque es una búsqueda infructuosa, sino porque esto aleja al paciente de su vida y sus verdaderas necesidades, señala Sánchez Polo. «Si dedico gran parte de mi tiempo a buscar en internet y a acudir a médicos, es inevitable que no pueda dedicarlo a otras áreas de mi vida», explica.

Por qué nos volvemos hipocondríacos

Según Sanz Andrea, la hipocondría afecta a entre un 3 y un 13 % de la población, «con una alta comorbilidad de más del 70 % con otros trastornos como los ataques de pánico, las obsesiones, la ansiedad generalizada, la fobia a la enfermedad o la posible presencia de algún trastorno de la personalidad». Entre estos pacientes destacan las mujeres y las personas mayores, que son quienes presentan mayor riesgo de padecer el trastorno.

Al mismo tiempo, los estudios demuestran que las personas que han estado expuestas a una enfermedad grave tienen más riesgo de presentar ansiedad hacia su salud, lo cual podría acabar derivando en hipocondría. «Esto explicaría porqué puede ser más común en población anciana. Tendría sentido ya que son los que tienen más problemas de salud», observa Sánchez Polo.

Sanz Andrea coincide en que aquellas personas que hayan tenido contacto en la infancia o adolescencia con enfermedades o problemas de salud, ya sean propios o de familiares, muestran una predisposición al «estilo somático amplificador, que es una sensibilidad acrecentada a partir de creencias disfuncionales en varios niveles». Así, a nivel cognitivo, se perciben las molestias usuales de un modo alarmante, con pensamientos rumiantes e interpretaciones negativas. A nivel conductual, puede haber acciones como la autoexploración, las restricciones autoimpuestas, y la evitación de ciertos entornos o contactos. A nivel fisiológico se denota una vigilancia y propiocepción (percepción del propio cuerpo) que suele derivar en problemas secundarios como por ejemplo el insomnio. Y a nivel afectivo y emocional, aparece una mayor probabilidad de ira, ansiedad o sentimientos depresivos, observa el experto.

Pese a todo, lo cierto es que las causas de la hipocondría pueden ser muy variadas o múltiples y estar relacionadas entre sí de distintas formas. Se trata de un trastorno complejo que no se explica por un único factor. «Por lo general, entendemos este tipo de trastornos desde un modelo biopsicosocial. Es decir, se debe a una interacción entre genética y ambiente», explica Sánchez Polo. Cuando habla de ambiente, se refiere a «todo tipo de experiencias a las que ha estado expuesta la persona y que puedan haber influido. Como, por ejemplo, una enfermedad, un familiar enfermo, experiencias de ansiedad intensa, ataques de pánico, situaciones traumáticas, o estresores sociales».

¿Cómo detectar la hipocondría?

Aunque se suele contraponer la hipocondría a problemas de salud con causas orgánicas, el tener un problema orgánico y el ser hipocondríaco no tienen por qué ser condiciones excluyentes entre sí. De hecho, padecer una enfermedad puede ser un desencadenante para el desarrollo de la hipocondría. Los factores que sí son clave para definir este trastorno son la intensidad, la frecuencia y la duración del malestar. «Es importante recalcar que, en muchas ocasiones, la persona es consciente de que padece hipocondría. Es capaz de identificar lo que le sucede, solo que escapa a su control. Ahí es donde entra la psicoterapia», aclara Sánchez Polo.

«Hay situaciones en las cuales una dolencia orgánica lleva al paciente a comportarse de forma excesivamente cauta y sobreprotectora. Por ejemplo, es típico que las personas que han sufrido un ACV disminuyan en exceso su actividad física pensando que esto tiene un efecto protector sobre su salud. Estos casos se suelen resolver con información médica y psicoeducación», dice Sanz Andrea.

«Con lo que respecta a la diferencia entre un mal orgánico y otro psicosomático, la única diferencia es la causa que lo origina, pero el problema existe realmente, es decir, el dolor o la afectación orgánica está presente. Aún así, es muy frecuente que personas con ansiedad por enfermedad terminen desarrollando sintomatología que concuerda con la enfermedad que temen tener, pues focalizan mucho su atención en esas señales orgánicas y terminan sugestionándose en muchos casos», explica la psicóloga Laura Jabardo, que divulga información sobre trastornos psicológicos a través de su cuenta de Instagram Toc Psicóloga.

En definitiva, tras un problema de salud grave, es útil consultar con un psicoterapeuta para evitar que el trauma provocado por esta experiencia pueda derivar en una preocupación excesiva y, eventualmente, una hipocondría.

¿Cómo se trata la hipocondría?

El tratamiento se puede abordar con psicoterapia y, en caso de ser necesario, con apoyo farmacológico. «Un tratamiento psicológico basado en la evidencia es el tratamiento de elección para la hipocondría. Tanto una terapia cognitivo-conductual, como una conductual o una terapia contextual serían las indicadas para abordar el problema», explica Jabardo.

«Un aspecto importante para motivar el cambio es evidenciar las conductas que han quedado limitadas o suprimidas por el trastorno y que el paciente naturalmente desea recuperar. Colaboramos con el paciente y le ayudamos a establecer explicaciones alternativas a las sensaciones que atribuye a posibles enfermedades graves. Trabajamos la flexibilidad cognitiva para evitar los habituales pensamientos hipocondríacos que tienden a ser extremos, negativos y desesperanzadores», explica Sanz Andrea. En este punto, «Es importante darle al paciente explicaciones racionales y realistas. Ni siquiera deben negar la posibilidad de que exista en efecto una enfermedad grave. No se trata de un mero enfoque del nocivo “pensamiento positivo”», aclara.

Lo principal, señala Sánchez Polo, es que el paciente logre tomar consciencia de la forma en la que está interpretando lo que vive y lo que le pasa. «Si al detectar un dolor de garganta, la persona hace un salto a la conclusión del tipo “seguro que es cáncer”, la ansiedad es inevitable», explica. En esta línea, es interesante explorar qué experiencias vitales han condicionado a la persona a pensar de esta manera. «Entender y tomar conciencia de las razones que originaron el problema y que lo mantienen es un punto de partida para empezar a sanarlo», asegura Sánchez Polo.

Luego de esta toma de consciencia, se busca identificar los comportamientos que hay que evitar, para luego plantear un «desafío progresivo de las conductas restringidas o ritualizadas por el trastorno», en palabras de Sanz Andrea. «Esto será fundamental, ya que es la única manera de habituarse al malestar y de comprobar que esas interpretaciones catastrofistas no son reales. Un ejemplo de esto sería ir reduciendo las visitas a médicos», dice Sánchez Polo.

A partir de esta exposición, se puede recuperar la calidad de vida perdida por la ansiedad derivada de este trastorno. Para ello, se recomienda la organización de una rutina y el establecimiento de una serie de hábitos saludables.

¿Qué debo hacer si noto que mi preocupación por la salud invade mi vida?

«Si el malestar es muy intenso, el consejo por excelencia es acudir a terapia. La ansiedad es una alarma, una brújula que nos indica que algo va mal. Esta se manifiesta de diferentes formas: desde los pensamientos, hasta las acciones y las sensaciones corporales. Hay que observar las señales y, si nos sobrepasan, pedir ayuda», aconseja Sánchez Polo.

Sanz Andrea destaca la importancia de prestar atención a las señales que indican que puede haber un problema. «Debemos prestar atención y solicitar ayuda psicológica cuando notemos respuestas fisiológicas exageradas que no disminuyen durante el tiempo. Otro hecho que demuestra la existencia de un problema es la evitación conductual de lugares y personas o la realización de rituales de reaseguración o tranquilización. De hecho, la demanda constante de tranquilización que se produce con los familiares y los amigos suele producir un deterioro de las relaciones sociales por agotamiento. Esto puede llevar al aislamiento social. Por otro lado pueden surgir problemas laborales como las bajas repetidas que pueden acarrear la pérdida del empleo», observa.

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Lois Balado

En el año 2010, Marck Zuckerberg fue nombrado persona del año por la revista «Time». En aquella publicación, el creador de Facebook daba un gran titular. Aseguraba que la intención de su red social era «convertir el mundo solitario y antisocial en un lugar amistoso». Más de una década después, basta un paseo por Internet para darse cuenta de que «amistoso» no es el adjetivo que mejor definiría a las redes sociales. El Centro de Investigaciones Pew, en Washington D.C., concluyó en el año 2017 que dos de cada tres estadounidenses habían sido testigos de acoso en Internet. Así nos las gastamos en la red.

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.