Revivir el dolor de la guerra una y otra vez: así es el trastorno de estrés postraumático

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

El trastorno de estrés postraumático se puede dar en adultos y en niños.
El trastorno de estrés postraumático se puede dar en adultos y en niños.

Los «flashbacks» o reviviscencias del suceso traumático son uno de los síntomas más frecuentes que afectan a la salud mental de quienes sobreviven a una guerra

10 mar 2022 . Actualizado a las 12:15 h.

El jueves 24 de febrero el mundo se despertó con la noticia de la invasión rusa a Ucrania. Tras una escalada de tensión, se había desatado la guerra. Está claro que un suceso de tal magnitud tuvo, desde el inicio, consecuencias devastadoras en la salud mental de la población, que sigue luchando por mantenerse a salvo de los bombardeos en distintas ciudades.

Primero se habla de una situación de estrés agudo que impacta en las personas directamente afectadas por el conflicto. Pero, con el paso del tiempo, cuando la situación se prolonga sin que haya posibilidad de alejarse, se puede desarrollar un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Se trata de una enfermedad de salud mental que puede desencadenarse a partir de la vivencia de experiencias aterradoras que marcan a la persona. Cuando un momento se vive como un evento traumático, hay riesgo de desarrollar este trastorno.

«No depende tanto de la situación en sí misma sino de la vivencia que tenga la persona. En este sentido, cuando hablamos de situación traumática, nos referimos a una situación en la que la persona ve en peligro su vida, su integridad, o incluso la vida o la integridad de otras personas. Es una situación que le impacta mucho a nivel psicológico y que, además, no sabe muy bien cómo enfrentar y resolver. Una vez que una persona ha vivido una situación de este tipo, lo que ocurre puede ser muy variable. Pero cuando entramos en el terreno del estrés postraumático, en los meses siguientes, la persona empieza a tener una serie de síntomas muy característicos, como dificultades para concentrarse, alteraciones a nivel emocional, incluso irritabilidad. Puede haber momentos en los que revive la situación como si ocurriera de nuevo. Son personas que viven permanentemente en un estado de terror y no consiguen escapar de él», explica Eduardo Martínez Lamosa, psicólogo clínico de la Sección de Psicoloxía e Saúde del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia.

«Entendemos por acontecimiento traumático un evento impactante, terrorífico o peligroso donde se puede poner en peligro la vida, como una guerra, un desastre natural, un accidente automovilístico o una agresión sexual. Sin embargo, no todas las personas que padecen este trastornos tienen que haber vivido una situación peligrosa, ya que también se puede desarrollar por la muerte repentina de un ser querido», aclara Macarena del Cojo, psicóloga general sanitaria del Instituto Psicológico Cáritas.

Tras el evento traumático, los síntomas suelen empezar a aparecer durante los tres meses siguientes. Sin embargo, «en ocasiones, pueden manifestarse meses o incluso años después. Para que podamos considerar que estamos ante un estrés postraumático, los síntomas deben darse durante más de un mes y con una elevada intensidad, de tal modo que interfieran en la vida de la persona», señala del Cojo.

Factores de riesgo

Aunque está claro que un suceso traumático tiene que estar presente como desencadenante para que haya trastorno de estrés postraumático, también es cierto que no todas las personas que viven este tipo de experiencias acaban desarrollándolo. Esto sugiere que hay otros factores que tienen que contribuir para que el estrés postraumático finalmente ocurra.

«Hay una serie de factores que van a influir. Las personas que se encuentran en situaciones vulnerables a nivel emocional, después probablemente desarrollen un estrés postraumático. Las personas que no han tenido ninguna dificultad previa, tendrían menos riesgo. Luego, también influyen otras características de la persona, como sus recursos de afrontamiento. Es decir, las estrategias que utilizamos cada uno de nosotros para enfrentarnos a los problemas. Las personas que no saben bien cómo enfrentarse a ellos, no tienen recursos y, por lo tanto, es más probable que desarrollen este trastorno. El apoyo social también es otro de los factores fundamentales. Las personas que tienen una buena red de apoyo o un círculo de amigos o familiares que ayudan y acompañan en ese proceso van a tener menor riesgo y un mejor pronóstico que las personas que tienen redes más reducidas», enumera Martínez Lamosa.

«Otras características del propio acontecimiento también pueden influir: si es algo que se prolonga en el tiempo o no, el nivel de gravedad de aquello que se ha vivido. En general, a mayor nivel de gravedad, de violencia, mayor riesgo. En este sentido, quien participa activamente en la guerra va a tener que participar de situaciones más violentas que le pondrán en peligro de sufrirlo», añade el psicólogo.

En particular, conflictos bélicos como el de Ucrania son uno de los mayores desencadenantes para el estrés postraumático. «Este trastorno se descubrió a raíz de la Primera Guerra Mundial. El psicólogo inglés Charles Samuel Myres habló de “neurosis de guerra” para referirse a determinadas afectaciones vividas por soldados que habían estado en el frente. Por eso, también es conocido como el "Síndrome del soldado". Es cierto que esta patología afecta más a militares que han participado en misiones internacionales, debido a que han estado continuamente expuestos a la muerte o a lesiones graves. Sin embargo, en la población civil también existe ese peligro continuo y esta amenaza, aunque de otra manera, por lo que también pueden desarrollar este trastorno», señala del Cojo. En este tipo de conflictos, quienes tienen más probabilidades de desarrollarlo son las mujeres.

Síntomas

Cuando hablamos de estrés postraumático, pensamos en imágenes o flashbacks muy vívidos que hacen que la persona vuelva al acontecimiento. Esta es, de hecho, una de las manifestaciones más frecuentes del trastorno y se llama «reviviscencia». Pero no es el único síntoma que puede indicar la presencia de este tipo de estrés.

«Hay síntomas muy característicos. El primero de ellos es la activación. Es decir, son respuestas fisiológicas de ansiedad. El cuerpo se activa, la persona empieza a sufrir taquicardia, a sudar. Otro síntoma muy frecuente son alteraciones a nivel emocional o mental. Estados de ánimo deprimidos, irritables, dificultades para concentrarse. Se habla también de flashbacks o de revivir la situación. Es como si de repente volviera a vivirse el recuerdo y la persona se siente tan aterrorizada como cuando ocurrió realmente. Y el último tipo de síntomas son los de disociación. Básicamente es tener lagunas en la memoria, tener comportamientos automáticos sin ser consciente de lo que se está haciendo», explica Martínez Lamosa.

Los síntomas del TEPT se clasifican en 4 grupos:

  • Síntomas de reviviscencia: La persona percibe algún estimulo que le recuerda al trauma. Flashbacks, memorias recurrentes, pesadillas o pensamientos aterradores.
  • Síntomas de evasión: Evitar lugares, situaciones, pensamientos que estén relacionados con el acontecimiento y le recuerden a él.
  • Síntomas de hípervigilancia y reactividad: Dificultad para dormir, arrebatos de ira, sentirse sobresaltado.
  • Síntomas cognitivos y del estado de ánimo: Problemas para recordar aspectos importantes sobre el acontecimiento, sentimientos de culpa o vergüenza, dificultad de concentración, pensamientos negativos sobre uno mismo, dificultad para sentir emociones positivas, falta de interés por actividades que antes se realizaban, conductas autodestructivas (beber en exceso, conducir rápido, etc).

También es frecuente que las personas que sufren de estrés postraumático tengan conductas autolesivas, que pueden ser con intención suicida o con intención de hacerse daño como válvula de escape. «Pero sí que hay riesgo de conductas autolesivas y de acción suicida», advierte Martínez Lamosa.

Cabe señalar que los niños también son vulnerables a este tipo de trastornos, y suelen mostrar síntomas similares a los de los adultos. «Los niños muy pequeños, menores de 6 años, sin embargo, con frecuencia muestran reacciones diferentes. Volverse a hacer pis en la cama, no hablar u olvidarse de cómo hacerlo, representar en su juego la experiencia traumática o apegarse de manera inusual a sus padres u otra persona. En niños más mayores o adolescentes podemos observar también conductas disruptivas, irrespetuosas o destructivas, sentimientos de culpa por no haber podido evitar el hecho doloroso, o pensamientos de venganza», explica del Cojo.

Pedir ayuda

Según Martínez Lamosa, las personas suelen buscar ayuda cuando llegan a los síntomas relacionados con la reviviscencia. En este punto, el recuerdo de la situación traumática puede volverse intolerable hasta interferir con la vida diaria del individuo, causando sensaciones sumamente dolorosas y generando un ciclo del que puede ser difícil salir a nivel emocional. En algunas personas, señala del Cojo, el problema puede volverse crónico.

«En terapia se acaba recordando. Precisamente, las personas suelen venir a terapia cuando empiezan a aflorar recuerdos de manera involuntaria. Luego, durante la terapia, es importante trabajar con esos recuerdos. Porque, al fin y al cabo, el trabajo que se va a hacer implica exponerse a este tipo de recuerdos e imágenes, pero siempre de una forma muy graduada que no sobrepase el umbral de tolerancia de la persona para que poco a poco vaya asimilando la realidad que ha estado viviendo», dice Martínez Lamosa.

En cuanto a las terapias, «hay distintas líneas de tratamiento. Todas tienen en común que consisten en ayudar a la persona a recuperar esos recuerdos, esas imágenes, pero de una manera graduada, planeada con la persona, para que no le resulten especialmente aversivos o dañinos. Siempre hay que trabajar con extrema cautela con estos pacientes, porque no es bueno exponerlos a algo traumático. Siempre hay que ir pasito a pasito», explica Martínez Lamosa.

«A través de la psicoterapia buscamos enseñar a la persona en qué consisten sus síntomas y dotarla de estrategias para identificar los estímulos que los desencadenan. También la ayudamos a desarrollar estrategias para manejar su sintomatología y, sobre todo, ser una persona segura que proporcione apoyo, empatía y contención emocional. Existen muchos tipos de psicoterapia que pueden ayudar. Algunos van más enfocados a los síntomas del trastorno, otros a los problemas relacionales (sociales, familiares o laborales), y otros combinan diferentes enfoques», explica del Cojo.

Los psicofármacos también pueden formar parte del tratamiento, siendo prescritos y controlados por un psiquiatra.

El problema, para los supervivientes del conflicto en Ucrania, está en que deben primero aislarse del desencadenante que produce el trauma antes de poder trabajar en su salud mental y, en este momento, eso puede ser complicado de lograr. Pero, cuando es posible escapar de la situación violenta, un acompañamiento y seguimiento psicológico pueden hacer marcar una gran diferencia a la hora de prevenir el desarrollo de un trastorno de estrés postraumático. Lo importante, en este sentido, es darle a las personas el espacio y la contención para que puedan desahogarse y hablar de sus sentimientos.

«Hay formas de prevención. Cuando una persona vive una situación traumática, si se interviene de manera temprana, en los primeros días o semanas, es posible ayudarla a no desarrollar un estrés postraumático. Que lo que empieza siendo una reacción de estrés se quede simplemente en ese estrés puntual que se vaya asimilando gradualmente. Estas estrategias suelen ser más de acompañamiento. Estar con la persona, ayudarle a hablar de lo que ha sucedido, expresar abiertamente sus emociones, entenderlas, y entender lo que ha vivido. Si la persona tiene la oportunidad de liberar toda esa tensión que tiene dentro, se puede conseguir que la persona no llegue a desarrollar un estrés postraumático», señala Martínez Lamosa. «También funciona con niños, quizás no con palabras, porque no tienen la misma capacidad que los adultos de expresarse con ellas, pero se puede trabajar a través de dibujos o con otros procedimientos, cuentos, incorporando elementos más lúdicos. Simplemente se trata de que puedan liberar lo que tienen dentro», añade.

«Cuanto antes pidamos ayuda y permitamos que nos ayude nuestro círculo cercano y los profesionales, antes empezaremos a sentirnos mejor», concluye del Cojo.

El ataque de pánico se puede manifestar con sudores, taquicardias, mareos o sensación de ahogo.

Ataques de pánico: «Hay personas que acuden a urgencias hasta quince veces pensando que es un infarto»

Lucía Cancela

Sudoración, taquicardia, inestabilidad. Un pitido de fondo, dificultad para respirar. Y todo esto, una vez estás en el supermercado o un centro comercial, en tu puesto de trabajo o conduciendo en el coche. Así describen un ataque de pánico aquellos que lo han padecido alguna vez. No hay un peligro que derive en ese miedo, ni una razón específica que lo explique. El ataque de pánico, o crisis de ansiedad, no pide permiso. Aparece repentinamente dejando al afectado sin posibilidades: sí o sí se tiene que calmar. 

Quién no lo ha conocido previamente, o al menos no le ha buscado solución, puede sentir que la muerte está a la vuelta de la esquina. Nada más lejos de la realidad: este trastorno no tiene riesgo, al menos, en principio, aunque el paciente así lo viva. «He tenido en consulta alguna persona que ha acudido a urgencias hasta quince veces porque pensaba que estaba teniendo un infarto», explica el doctor Óscar Taboada, miembro de la Asociación Gallega de Psiquiatría, que continua: «El individuo siente que se le va la vida de verdad».

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Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.