Arola Poch, psicóloga y sexóloga: «Hay que cambiar el coitocentrismo que tenemos en la sociedad»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Arola Poch es psicóloga y sexóloga.
Arola Poch es psicóloga y sexóloga.

Su libro se llama «Las cosas claras», y con ello pretende hablar de sexo sin tapujos

09 jun 2022 . Actualizado a las 09:50 h.

Las cosas claras (2019, Plataforma Editorial), así se llama el libro de Arola Poch, psicóloga y sexóloga, y así aspira a dejar las cuestiones sobre sexualidad y relaciones afectivas una vez hablas con ella. Son varios los adolescentes que le plantean sus dudas sobre su primera, segunda o tercera vez. La intención de esta profesional queda clara también: «Trasladar una visión positiva, diversa y sana sobre la sexualidad, y romper mitos y prejuicios que todavía existen». Para ella, y para la RAE, sexo es una palabra con muchos significados. «Lo mismo sirve para definir la condición de ser hombre o mujer, que sirve para llamar a los órganos sexuales o se usa para referirse a las prácticas eróticas». Sexualidades hay muchas, «y todas igual de válidas». 

—Define su obra como «el libro sobre sexualidad que los padres querrán comprar y los jóvenes querrán leer», ¿cómo de importante puede llegar a ser que el sexo se comente dentro de la familia?

—Eso es fundamental, porque una de las dificultades que tiene el sexo es que sigue sin ser visto de una manera natural, como una cuestión que nos afecta a todos y que forma parte de nuestra vida y bienestar. Por lo que hablar de ello rompe un poco ese tabú, y más en la familia, que es el primer referente que tenemos para cualquier tema. 

—Una de tus tareas es dar talleres y charlas sobre sexualidad a los jóvenes, ¿este tipo de educación hace que los niños tengan menos presión en cuanto al sexo y a esa primera vez?

—Totalmente. Si en el colegio, o en la familia, no se les habla de sexo, los chavales tendrán información procedente de otros lados. Y muchas veces llegará llena de prejuicios, con ideas erróneas y con presiones, lo que no será favorable para que puedan vivir su sexualidad de forma consciente, libre, sana y responsable, que es lo que nos interesa con la educación sexual. 

—¿A partir de qué edad sería, entonces, recomendable que hablásemos de sexo con los niños? Entiendo que, por supuesto, dependerá mucho de cada persona. 

—Hay que hablar de sexualidad desde que los niños son pequeños. Aunque debemos aclarar que tratar la sexualidad empieza por hablar del propio cuerpo, del afecto o de esas muestras de cariño que tenemos. Tienen que entender que su cuerpo es suyo y que hay ciertas partes que pertenecen a su intimidad. Por supuesto, si hablamos de prácticas sexuales, deberíamos esperar a que sean mayores. 

—¿Cómo de mayores? 

—Por ejemplo, la preadolescencia o la adolescencia es un buen momento para empezar a tratar temas de prevención, de riesgos y de qué es el sexo como práctica. 

—Supongo que el cuento de la cigüeña no sirve. 

—Claro, el cuento de la cigüeña deberíamos dejarlo un poco atrás porque no sirve para nada. Además, hay que tener en cuenta que si hablamos con nuestros hijos y nuestras hijas sobre sexo desde pequeñitos, luego será mucho más fácil hacerlo cuando sean preadolescentes. La vía comunicativa ya estará abierta. Si nunca hemos hablado de ello porque nos da cierta vergüenza o pudor, cuando sean mayores no va a funcionar. 

—¿La presión social por el físico hace que una persona pueda cohibirse más en la cama?

—La autoestima es fundamental en todos los temas vinculados con nuestra sexualidad. El cuerpo que tenemos es nuestra herramienta para expresarla. Entonces, de no sentirnos a gusto, pueden aparecer inseguridades, miedos o timidez. El hecho de que nos vendan cuerpos estereotipados como ideal de belleza, al que no todos nos ajustamos, puede tener muchas consecuencias en el desarrollo de chicos y sobre todo, chicas. 

—¿Estos estereotipos se reflejan también en la cama?

—Sí, es decir, siguen estando marcados y se siguen transmitiendo a los jóvenes. Según estos, los chicos tienen que ser unos machotes y las chicas son vistas como un objeto sexual. Esto viene muy reforzado además por el porno.  

—La pregunta sale casi por sí sola, ¿cómo podemos remar en su contra?

—La sociedad tiene una forma de entender que el rol del hombre es más activo y responsable del placer de la mujer, mientras que ella tiene un papel más pasivo con el que se deja hacer. Con la educación sexual, podemos hablar de estas cosas e ir deconstruyéndolas. En los talleres, planteamos muchos mitos de este tipo y vemos cómo son los jóvenes los que le dan la vuelta. 

—Precisamente, me habla de la pornografía y de su papel perpetrador de estereotipos. ¿Cuánto de mentira tiene este cine? Ya no solo es dañino para jóvenes, sino también para adultos. 

—La pornografía influye en todos, solo que de forma diferente. Así, el problema que hay con los jóvenes es que si empiezan a verlo cuando son pequeños, no tienen una realidad para compararlo. En cambio, si eres adulto, sueles tener experiencia. Aunque como digo, afecta igualmente. Seguro que hay personas a las que en pleno encuentro sexual les han dado un azote o les cogido y tirado el pelo, y piensan: «¿A qué viene?». Esto es un pequeño ejemplo de esta influencia. 

—Entonces, ¿cómo explica que lo que sale en pantalla no es real?

—Hay que matizar que lo que ven no es la única forma de tener relaciones sexuales, porque se deja fuera un montón de cosas. El porno es un corte de lo que sería el encuentro. Es decir, falta un momento previo en el que se comentan los gustos, y un momento posterior de cuidado. Además, hay que darle contexto y hacer entender que un encuentro sexual nunca es al cien por cien físico, siempre hay algo de afecto, de emoción, aun cuando la otra persona no es el amor de nuestra vida. Esto no aparece en la pornografía. 

—También trata la influencia de género, ¿hasta qué punto nos condiciona?

—Mucho, y aún por encima desde pequeños. Es más, hay experimentos que se han hecho de cómo tratamos diferente a un bebe en función de si es niño o niña. Se ve, por ejemplo, en las cosas que les decimos: a ella que es guapa, y a él que es valiente. Queramos o no, todo esto va moldeando nuestra forma de ser. Eso sí, cada vez avanzamos más y se van teniendo más en cuenta este tipo de situaciones. 

—Usted ha comentado que la identidad sexual no está en los genitales, ¿por qué sigue costando entenderlo?

—Hay que diferenciar entre lo que es identidad sexual, que está en los genitales, pero que se va concretado por la identidad de género, la cual está en la mente. Por ello, para una persona que es cisgénero, cuyos genitales corresponden con nuestra identidad de género, puede ser complicado de entender. Al final, yo siempre digo que si una persona no lo entiende, que al menos lo respete. Es decir, nadie puede decir al otro «tú eres una mujer» si no se siente así. 

—De hecho, en su libro reflexiona acerca de la frase que se suele decir a las personas transexuales: «Personas en cuerpos equivocados», y comenta que está en contra. 

—Sí, esa reflexión surge porque es una idea clásica que sale cuando se habla de las personas trans. Pero claro, hay que entenderlo desde su punto de vista. Ellos entienden que han nacido con determinado cuerpo que les da un sexo, pero por cuestiones de género, se identifican con el otro y dicen: «Yo no tengo ningún problema con mi cuerpo, pero desde fuera me dicen que sí lo hay». Así, que se empiezan a condicionar y a mirarse de otra manera. El problema aquí no es la identidad trans, sino que la sociedad le cuesta incluir este tipo de diversidad en la sexualidad. Digo que cuesta porque estamos logrando avances gracias, en cierta parte, a figuras públicas y referentes de esta diversidad. 

—Respecto a lo que comenta de la orientación, siempre se espera que una persona sea heterosexual. Expectativa que se va dejando atrás, pero que es todavía vigente. ¿Cómo lo ve?

—Tal cual. Sigue imperando esa expectativa de heterosexualidad. Al final, ¿por qué son las personas homosexuales las que tienen que salir del armario? Porque creamos un armario en el cual los metemos. Damos por hecho que todos somos heterosexuales aún cuando sabemos que existen otras orientaciones.

—¿Es lo típico de preguntar al niño a la niña por su novia o novio, respectivamente?

—Claro, es una expectativa que se sigue dando en los más pequeños. Ya de por sí, esa pregunta me parece fatal, porque cada cosa tiene su momento. Sin embargo, si acepto esa cuestión, ¿por qué no incluimos todas las opciones? 

—Idea que a su vez hace que las relaciones sexuales se conciban en el modo heterosexual con penetración, aunque las profesionales como usted incidan en que hay más. 

—Claro, ese es otro de los mitos en los que debemos seguir trabajando. Asociamos sexo con coito, con penetración, y no es así. El sexo es compartir un rato de intimidad, de placer, de sentirnos satisfechos y de comunicación. Se puede cumplir con todo esto ampliando nuestro catálogo erótico. En primer lugar, ampliándolo en el cuerpo, pues no todo el sexo está en los genitales, se puede disfrutar de otras partes del cuerpo. Y en segundo lugar, podemos ampliar las cosas que hacemos. Al final, el objetivo del sexo no debe ser el coito ni la penetración, sino el disfrutar. Hay que cambiar el coitocentrismo que tenemos en la sociedad. 

Arola Poch: «Lo más tóxico en la cama es no escucharse mutuamente»

Arola Poch, con su libro «Las cosas claras».
Arola Poch, con su libro «Las cosas claras».

—La comunicación en la cama es fundamental, ¿puede dar un ejemplo de una conducta tóxica? 

—Lo más tóxico es no escucharse mutuamente. Y con escuchar me refiero a estar pendiente de las reacciones que tiene la otra persona, y no de ir a mi rollo y pensar solo en mi placer, pasando de la otra. La empatía siempre debe estar dentro de las relaciones sexuales. Debemos ser algo egoístas y pensar en nuestro placer, pero no de manera exclusiva. Somos dos o más personas dentro de ese encuentro sexual, y todas se tienen que sentir cómodas, a gusto y escuchadas. 

—¿Y algún consejo para disfrutar más la práctica sexual?

—No hay que dejarse llevar por lo que se supone que nos tiene que gustar. Por ejemplo, acepto la penetración porque es lo que se supone que debo hacer. No, debemos buscar de forma activa lo que nos gusta y qué es lo que disfrutamos. 

—Dedica un capítulo al consentimiento, un tema que se ha puesto en la palestra en los últimos años. ¿Cómo puede decir «no» una persona aunque no sea expresamente pronunciado? Parece que solo es «no» cuando se expresa como tal. 

—Claro, ahí está el quid de la cuestión. Porque el «no es no» todo el mundo lo tiene muy claro, pero a veces cuesta decirlo, a veces lo decimos pero no se acaba de entender, o incluso puede haber presiones y ceder ante ellas. Lo mejor sería que no tuviésemos miedo, reparo, pudor o vergüenza a decir ese «no». Que tengamos la suficiente seguridad en nosotras y en nosotros mismos para que, si algo no nos apetece o no nos gusta, lo hagamos saber aun cuando se trata de nuestra pareja. En esto hay que ser muy claros, porque existen dos figuras, el que lo dice y el que lo escucha, que no puede estar a la defensiva y tiene que respetar cualquier opción. 

—Y ojo, porque un «sí» no es un «sí a todo». 

—Totalmente, a veces parece que hay una especie de guion de lo que son los encuentros sexuales. Por ejemplo, si has venido a mi casa a ver una peli, pues ya sabes que después de verla nos vamos a besar, después penetración, sexo oral, orgasmo y fuera. Esto no debe ser así, y de serlo, una persona puede cortar esa secuencia cuando quiera sin ser una cortarrollos. El consentimiento sexual es estar de acuerdo con lo que estoy haciendo en todo momento. No me vale un sí al principio. Por ello es tan importante que cuando hablamos de una buena educación sexual, los jóvenes, y sobre todo las chicas, obtengan esas herramientas para decir no, y no solo tratemos las prácticas sexuales. 

—Por último, en el libro comenta que el amor real no es el amor de películas. En ambos casos, los celos están presentes. ¿Son normales?

—Los celos, entendidos como una mezcla de emoción, son normales. Las personas los sienten porque hay una mezcla de miedo, inseguridad, falta de confianza o poca autoestima. En este sentido, pueden aparecer. Lo que se debe vigilar es la conducta de control que puede derivar a partir de ellos. Hay que buscarles una solución, sobre todo si hacen sufrir. A veces la sociedad, y sobre todo los jóvenes, tienden a romantizarlos. Entienden que muchos celos no son buenos, pero que unos pocos son una muestra de amor. No es así, aunque tampoco debemos autocastigarnos, sino trabajar para sentirlos en menor medida. 

Se creía que el principal órgano del amor era el corazón, pero en realidad es el cerebro.

José Ángel Morales, neurocientífico: «El enamoramiento dura como mucho cuatro años»

Cinthya Martínez

«Fue amor a primera vista». Es una frase típica, y afortunadamente para lo agraciados que la afirman, también cierta desde el punto de vista científico. José Ángel Morales García, neurobiólogo del Departamento de Biología Celular de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, explica cómo las personas, al igual que los caprichos materiales o las comidas, «nos entran por los ojos». En el momento en el que el sistema visual envía a nuestro cerebro la información sobre lo que está apreciando, empieza todo un proceso en el que intervienen distintas áreas cerebrales y sustancias neuroquímicas que, en el caso de que se trate de la persona elegida, se irán desencadenando durante la historia de amor.

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Lucía Cancela
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Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre una de mis pasiones, la nutrición.