Todo sobre la grasa de nuestro cuerpo: ¿cómo es el proceso de pérdida?

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

La Voz de la Salud

Es un tejido esencial para nosotros, pero el problema aparece cuando esta se almacena en exceso en nuestro organismo

10 jun 2022 . Actualizado a las 16:27 h.

Alimentos «milagrosos», cremas para reducir la «grasa localizada» de nuestro cuerpo, suplementos «quemagrasas»... El bombardeo a estas alturas de año es continuo, y cuanto menos, agotador. Pero, ¿qué es la grasa corporal?, ¿por qué la acumulamos?, ¿cómo se mide?, ¿es tan «mala» para que casi todos los mensajes que nos llegan sobre ella estén unidos a la palabra «pérdida»?

«La grasa es un tejido corporal esencial en el ser humano», afirma el doctor Fernando Cordido, especialista en endocrinología y nutrición, miembro del Grupo de Obesidad de la Sociedad Española de Endrocrinología y Nutrición (SEEN). «Realiza sobre todo la función de almacenamiento de energía, de triglicéridos, que es lo que almacena la grasa fundamentalmente. Además, tiene una importante misión de aislamiento térmico. En los últimos años se ha descubierto que la grasa también tiene una función de producción de hormonas. Es un tejido más activo de lo que se pensaba», añade.

María del Mar Maragón, coordinadora del Área de Nutrición, Enfermedades Endocrinas y Metabólicas del Instituto Maimónides de Investigación Biomédica de Córdoba (IMIBIC) y presidenta de la Sociedad Española de Obesidad (SEEDO), recalca que no es negativa. «La grasa es tejido adiposo y desde el punto de vista evolutivo es tremendamente ventajoso porque lo que hacemos es almacenar lípidos. Los ácidos grasos que ingerimos en el dieta se acumulan en el tejido adiposo, porque son hidrofóbicos, es decir, si tú echas aceite en un recipiente con agua, no se mezcla. Y al no tener agua, pesan poco. Además, cuando la grasa se utiliza en el organismo, quemándola, esta nos da mucha energía».

Según la investigadora, nuestro cuerpo está diseñado para que después de comer, guardemos esos ácidos grasos que ingerimos de la dieta en el tejido adiposo, que luego se utilizan en los períodos de ayuno, para permitir el funcionamiento del organismo. «Desde el punto de vista de la fisiología normal de los individuos el tejido adiposo es fantástico. Como el resto de tejido que tenemos que hacen que vivamos y que seamos capaces de hacer todo lo que hacemos», recalca.

Por lo tanto, sí, es un tejido beneficioso para nosotros. «Tenemos que tener grasa corporal para almacenar energía y de aislamiento térmico. En algunos casos también como soporte de los órganos internos porque muchos están envueltos en grasa. Es importante decir que esto es un poco complejo. Porque hay dos tipos de grasa: la grasa blanca y la grasa parda, que se sabe que es importante en el ser humano desde hace unos años. Se conoce desde hace tiempo, pero no se pensaba que era tan relevante. Ahora se sabe que esta grasa tiene una función metabólica de gasto de energía que también es importante», recalca.

¿Cuándo deja de ser positiva la grasa que se acumula en nuestro cuerpo?

Maragón asegura que el problema viene cuando se excede la capacidad de almacenar lípidos del tejido adiposo: «No está programado para tanta grasa, y es entonces cuando surgen problemas porque muchas funciones que antes se hacían bien, se hacen disfuncionales. En vez de almacenar lípidos, el tejido adiposo suelta más. Llega un momento en el que se satura y ya no puede almacenar más. Entonces estos se acumulan en el hígado, provocando hígado graso, en el músculo, o en otras zonas del cuerpo».

Además, este considerable aumento de la grasa corporal puede asociarse con resistencia a la insulina, que comúnmente puede continuar con diabetes tipo II o riesgo de enfermedad cardiovascular, entre otras. «Hay que tener en cuenta que el tejido adiposo además de almacenar grasa, produce hormonas. Desde la década de los 90 se sabe que produce una gran variedad de moléculas que van a otros lugares y que, por ejemplo, controlan cuánto comemos o si nuestro sistema reproductivo está preparado para una gestación. Es decir, regula el funcionamiento del organismo», asegura Maragón. Sin embargo, esto lo hace de manera perfecta en condiciones de normopeso, pero cuando se excede la cantidad de almacenaje de lípidos también se altera el patrón de hormonas que produce el tejido adiposo: de producir hormonas «buenas» pasa a crear moléculas de carácter inflamatorio, que producen inflamación en nuestro cuerpo. «Y eso también contribuye a que el resto del organismo deje de funcionar bien junto con la adiposición de lípidos en otros órganos», precisa la investigadora.

Así, cuando nos referimos a un exceso de grasa, hablamos de una enfermedad: la obesidad. «En general, cuando hablamos de exceso en los niveles de grasa nos referimos a la obesidad. Realmente esta enfermedad no es exceso de peso, es de grasa, que condiciona problemas cardíacos, metabólicos (como la diabetes) e incluso ciertos tipos de cánceres. Al final, un exceso de grasa provoca alteraciones en la salud», considera Cordido.

«Acumulo grasa por genética, por constitución». Es una frase que se suele oír. La pregunta sería, ¿qué razones nos llevan a acumular grasa? «Quizás es un poco simple plantear que es debido solo a cambios genéticos o a cambios de estilo de vida, porque hay muchos factores que influyen. Pero evidentemente, existe una cierta predisposición genética. Hay determinados genotipos que pueden favorecer una mayor acumulación de grasa o un menor metabolismo basal del organismo», apunta Maragón. Es decir, que nuestro organismo tienda a consumir menos grasa. No obstante, la profesional recalca que también existen estilos de vida y otros factores que son obesógenicos, «desde disruptores endocrinos a aspectos socioeconómicos». Así, se trataría de un aspecto multifactorial, «pero en general, si hay un exceso en la ingesta de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, puede haber un incremento de peso y de la masa grasa».

¿Cuándo preocuparnos por nuestro nivel de grasa?

Aquí nos encontraríamos con el primer problema al que apunta el doctor Cordido: «El porcentaje de grasa corporal es difícil de medir, no está bien estandarizado». El endocrinólogo señala métodos como la antropometría, que se refiere al estudio de la medición del cuerpo humano en dimensiones de hueso, músculo, y tejido adiposo (grasa). «Quizás sea el más empleado para medir el porcentaje de grasa, y también se utiliza la resonancia y la tomografía computarizada», precisa. Pero en la práctica clínica el más instaurado es el índice de masa corporal (IMC), que es el peso en kilogramos medido por la estatura en metros al cuadrado. Así, «un IMC por encima de 30 es obesidad, entre 25 y 30 es sobrepeso, entre 25 y 28 es normal».

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Otro punto a tener en cuenta en la distribución de esta grasa corporal. «Hay varios métodos, pero el más habitual es valorar la circunferencia de la cintura. Porque la grasa que se sitúa a nivel abdominal es más perjudicial que la grasa en otros niveles. Por ejemplo, la grasa glútea que es más característica de la mujer, en la mitad inferior del cuerpo, en las nalgas, caderas, piernas, es menos perjudicial que la grasa que se sitúa en el abdomen, más característica del varón. Si tienes sobrepeso pero circunferencia de la cintura alta, tienes más riesgo para la salud. Aunque existen varios valores, se establece que por encima de 102 en el hombre y 88 en la mujer es indicativo de enfermedad metabólica por exceso de grasa», manifiesta Cordido.

¿Y si nos encontramos en una situación en la que no sufrimos obesidad, pero tampoco nos encontramos en un peso normal? Cuando una persona se encuentra en una situación intermedia entre un normopeso y obesidad se consideraría sobrepeso: «Es una situación en la que hay un exceso de grasa pero no está absolutamente demostrado que altere mucho la salud. Parece que sí, pero no está tan claramente demostrado como la obesidad», señala Cordido.

«Se puede llegar a confundir el sobrepeso con la obesidad. El primero puede deberse, por ejemplo, a la edad. En el caso de las mujeres, tendemos a ganar peso con los años y hay más riesgo de problemas cardiovasculares. ¿Cómo se podría actuar en este caso? Con cambios en el estilo de vida. Mejorando nuestra dieta y aumentando la actividad física. Pero cuando ya pasamos de sobrepeso a obesidad el problema es que se mantiene en la vida de las personas porque es una enfermedad. Ahí la pauta es diferente que cuando hablamos de sobrepeso», explica Maragón.

La problemática del Índice de Masa Corporal (IMC)

Existen corrientes que afirman que el IMC puede no ser un buen indicador para considerar si un cuerpo está saludable o no. La presidenta de la SEEDO confirma que «hay mucha controversia porque la relación entre el peso y altura realmente es un marcador de salud. Evidentemente nos indica un peso relativo a lo que medimos, pero hay deportistas que realmente no tienen sobrepeso, y están al límite. Pero están saludables. No es que tengan sobrepeso, sino que el cálculo del índice de masa corporal no refleja esa realidad. Porque no solo es importante cuánto tejido adiposo tengas, sino cómo esté distribuido».

Aunque el hecho de que un deportista con mucha masa muscular se encuentra sano aunque su IMC sea elevado porque no se trata de un exceso de grasa, hay que tener en cuenta que esto no es lo habitual. «Lo normal es que no tengamos tanta masa muscular. Por eso el IMC es un método bastante bueno en la población habitual. Y luego, que también hay gente con una constitución con poca masa muscular pero tiene un peso normal. Es un índice que no tiene una precisión exacta, si bien para la práctica clínica habitual está bastante bien», señala Cordido

¿Cómo es el proceso de pérdida de grasa?

El proceso de pérdida de grasa no es igual para todos los casos. «Lo que se recomienda son cambios en el estilo de vida, aunque es verdad que no solo se puede hacer a través de este tipo de modificaciones y que hay personas a las que estas acciones no le suponen tanto cambio en su peso, pero desde luego, hay que reducir ingesta de una manera razonable, aunque esto no significa que tengamos que dejar de comer», explica Maragón.

Algo con lo que concuerda el doctor Cordido: «El tratamiento al final es un balance calórico negativo. Que sea más lo que gastas que lo que ingieres, esa es la clave. Es importante hacer una dieta baja en calorías y en el caso concreto, si nos centramos sobre todo en la grasa, incrementar la actividad física de fuerza para mantener la masa muscular». Esta recomendación de ejercicio físico se fundamenta en que, de manera habitual, al encontrarnos en un balance calórico negativo, se tiende a perder también músculo. «Al optar por fuerza en vez de ejercicios de resistencia se consigue perder menos masa muscular», recomienda el doctor.

En el proceso de pérdida de grasa, no es posible eliminarla «localizadamente». La única forma en la que el cuerpo quema la grasa es a través de la combustión de grasas (conocida como beta-oxidación). A través de este proceso, nuestro cuerpo utiliza la grasa como fuente de energía. Por lo tanto, sí se puede perder o quemar grasa de puntos más rebeldes como el abdomen, los muslos o las caderas, pero de forma conjunta en todas las partes del cuerpo.

Cuando la grasa se convierte en un problema: la obesidad

Cuando subimos un eslabón y pasamos de sobrepeso a obesidad, la problemática se complica, porque ya estamos hablando de una enfermedad y hay que tratarla como tal. «Ahí la pauta es diferente a cuando hablamos de sobrepeso. Una vez establecida la obesidad, hay que hacer tratamientos multidisciplinares. Desde nutricionistas que ayudan a diseñar la dieta adecuada para cada persona, endocrinos, psicólogos, entrenadores… porque las personas con obesidad tienen mucha sensación de culpa, como si fueran ellos responsables. Es algo que no solemos pensar de otras enfermedades. O vergüenza de su talla, o dificultades para relacionarse como consecuencia de su peso. Estamos hablando de personas que están enfermas», recalca la presidenta de la SEEDO.

Una apreciación en la que también incide el doctor Cordido: «Es importante darle la importancia que tiene porque es una enfermedad en sí misma, que además, provoca muchas alteraciones en la salud. No hay que estigmatizar al paciente obeso porque la sociedad, los médicos, los sanitarios… desde todos los ámbitos, el obeso está muy estigmatizado. Y este sería un tema largo, pero hay que evitar el estigma de la obesidad».

¿Cuál sería el tratamiento para las personas que la sufren? También recaería sobre el estilo de vida, realizando una dieta baja en calorías, rica en frutas y verduras, y además, aumentando la actividad física. «Luego hay nuevos medicamentos que actúan fundamentalmente disminuyendo el apetito. Para los casos extremos con índice de masa corporal por encima de 40 o 35 con complicaciones, también se puede optar por una cirugía de la obesidad», asegura el endocrinólogo. Estos fármacos a los que se refiere el doctor ya se encuentran en el mercado, pero no están financiados por la Seguridad Social.

«También hay que tener en cuenta que la pérdida de peso no es solo eso, valga la redundancia. Se trata también de que tu cuerpo ajuste sus niveles de saciedad que se ven alterados cuando tenemos obesidad, como el gasto energético. Es decir, no solo se trata de perder tejido adiposo si no de equilibrar muchos otros puntos del organismo que hacen que se siga acumulando o que no se gaste tejido adiposo. Es todo una coctelera de razones que hacen que más del 50 % de la población española y europea tenga exceso de peso», añade Maragón.

El sobrepeso y la obesidad en cifras

Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad, en la población española adulta de 25 a 60 años la prevalencia de la obesidad es del 14,5 %, mientras que le sobrepeso asciende al 38,5 %. De esta forma, sumando ambos valores, uno de cada dos adultos en España presente un peso superior a lo recomendable.

La preocupación se agrava en la población infantil, ya que la obesidad se sitúa en un 13,9 % y el sobrepeso en un 12,4 % en el rango de edad de 2 a 24 año.

Comparando España con el resto de países de Europa, nos situamos en una posición intermedia en el porcentaje de adultos obesos (si bien no deja de ser preocupante). Sin embargo, si hablamos de población infanto-juvenil, más concretamente en niños de 10 años, la prevalencia de la obesidad en nuestro país es solo superada por los niños de Italia, Malta y Grecia.

¿A qué se deben estas cifras? Maragón considera que no han sido solo cambios genéticos, ya que las cifras han aumentado mucho en los últimos años. Así, dice que «es obvio que son consecuencia de cambios en el estilo de vida y la creación de ambientes obesogénicos». Por ejemplo, apunta al aumento de la ingesta de comida de la que no conocemos su valor nutricional, «que te resulta apetecible, pero que no es nutritiva». Además, añade: «Otro problema es que la obesidad no se trata, no hay un tratamiento para curar a las personas que la sufren. Ahora estamos cerca de tratamientos farmacológicos, que antes no había no resultaban eficaces. Van a llegar fármacos que son muy interesantes o tienen mucha potencialidad porque ayudan a perder peso».

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«Podemos darle una entrada global, porque todo, así suelto, puede resultar difícil». Así empieza la conversación sobre obesidad infantil con Empar Lurbe, licenciada y doctora en medicina y cirugía entre otras muchas cosas. Su currículo apabulla. Especialista en Pediatría y Nefrología, en hipertensión por la Sociedad Europea de Hipertensión Arterial, jefa de servicio de pediatría del Hospital General de Valencia, profesora y jefa del grupo del CIBER (Centros de Investigación Biomédica en Red) de Obesidad son algunos de sus cargos. Tanto bagaje hace que tenga muy claro qué quiere y qué no quiere trasladar. «No hablemos de obesidad, prevenir la obesidad es lo que tenemos que hacer. Si hablamos de obesidad ya estamos llegando tarde», dice enérgica. Insiste en aprovechar cada conversación para centrar el tiro: «No perdamos la oportunidad de prevenir la obesidad infantil. Si prevenimos la obesidad infantil, estaremos previniendo lo que ocurre en las primeras etapas de la vida, pero también mirando a largo plazo». 

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Cinthya Martínez Lorenzo
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De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.