¿Qué pasa por la mente de un asesino? De Ted Bundy a José Bretón

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

El caso de José Bretón permanece en la memoria colectiva de España.
El caso de José Bretón permanece en la memoria colectiva de España. Rafa Alcaide | EFE

Vicente Garrido, catedrático de Criminología de la Universidad de Valencia, hace un repaso de algunos de los asesinos más conocidos

15 feb 2024 . Actualizado a las 20:06 h.

«No todos los crímenes interesan igual», dice Vicente Garrido, psicólogo y catedrático de Criminología de la Universidad de Valencia. Algunos atraen más por sus protagonistas —si son famosos o tienen una relación directa con gente conocida—; por las circunstancias en las que se producen o porque nadie se esperaría que el autor pudiese serlo (por ejemplo, un crimen perpetrado por un niño o un sacerdote). «La sorpresa es muy poderosa. Cuanto más extremo sea el crimen más nos interesa, porque mayor es la desviación de las expectativas que se esperan de alguien que, aparentemente, no había mostrado ningún indicio de ser violento», añade el experto. 

Muchos tachan este interés de morbo, pero Garrido difiere y defiende que nace con la propia sociedad. «Ya en el siglo XII, el Cantar de Mio Cid mostró la importancia de introducir la vejación (violación y torturas) de sus hijas a manos de los infantes de Carrión para dar dramatismo a la épica del Cid», explica. El caso que empezó a desatar pasiones fue el del Jack El Destripador, «el primer asesino serial de la modernidad con fama mundial». 

La razón para prestarle atención a este tipo de sucesos es que el receptor, la sociedad que consume esta información, puede ser el siguiente: «Está en nuestra naturaleza atender a aquellos fenómenos que, en caso de estar nosotros en el lugar y sitio equivocados, podría convertirnos en la próxima víctima», señala. Puro sentido de la supervivencia por si, por muy improbable que sea, esa información llegase a convertirse en necesaria. 

Vicente Garrido, que ha colaborado con la Policía en diferentes ocasiones, se ha encontrado con muchos psicópatas frente a frente y marca una clara diferencia con un sujeto que, un día, comete un asesinato. «La psicopatía es un tipo de personalidad que se caracteriza por actuar de modo despiadado sin que se le vea venir por su capacidad de engañar y manipular», indica. Esta definición —que por regla general conlleva un control aunque pueda actuar por estallidos de ira— está muy asociada con los criminales más prolíficos, versátiles y peligrosos. 

Los asesinos seriales son un buen ejemplo de ello. Son capaces de matar en dos o tres momentos temporales diferentes «y en medio, regresar a su vida ordinaria. Lo hace como gratificación emocional», indica. Precisamente, es este perfil tan característico el que presenta su nuevo libro, escrito junto a Virgilio Latorre, El monstruo y el asesino en serie. «Ahí explicamos que la carrera de un asesino serial se resume en su esfuerzo persistente por encontrar su auténtica naturaleza, la de alguien que vive a costa de la muerte de su víctima». La prensa ha recogido distintos casos y todos con un interés por igual. 

El terror de los setenta: Ted Bundy

Ted Bundy (1946-1989) es uno de los más conocidos, y su historia se llevó tanto a libros, como a películas. Este asesino en serie estadounidense secuestró, violó y mató a decenas de mujeres durante los 70 —el FBI pudo probar 36—, aunque se sospecha que hubo más. La pena de muerte estuvo clara para las autoridades. Bundy se aprovechaba de su propia personalidad, de él decían que era muy carismático para acercarse a sus víctimas a las que se presentaba como una persona herida o de autoridad, y después las agredía. 

Garrido señala que fue uno de los casos más notables de personalidad desdoblada. El criminal contó en alguna ocasión que tenía una sombra, «una entidad», la cual se apoderaba de él y hacía que matase a jóvenes estudiantes universitarias. Mientras tanto, en su vida pública, era un estudiante de Derecho que llegó a sacarse la carrera de psicología.

Ted Bundy, en una imagen de 1978.
Ted Bundy, en una imagen de 1978.

«Bundy luchó desde joven con un impulso a sentirse poderoso en el trato con los demás, además del de poseer cosas que no podía permitirse, por eso desde joven robaba con frecuencia», señala el catedrático de Criminología. Y pese a estar bien integrado en la sociedad, comprendió que la vida «era realmente excitante cuando cedía a esos impulsos que con el tiempo pasaron de espiar y violar a matar». Así, como psicópata, descubrió su naturaleza esencial. «Es una adicción, si se quiere ver así», aclara Garrido. 

Si bien es cierto que Bundy hablaba de una entidad, «él nunca dijo que era otra personalidad dentro de él, sino que utilizó esa metáfora para significar que había período de su vida en los que necesitaba la excitación que le procuraban sus asesinatos», detalla el experto. 

Posibles diagnósticos a destiempo

Su mente abrió un debate en el 2006, cuando la Asociación Americana de Psicología le diagnosticó en base al Manual Diagnóstico y Estadístico de trastornos mentales. Cerca del 80 % de los profesionales coincidieron al decir que podría tener trastorno de personalidad antisocial; un 95 %, que tenía trastorno de la personalidad narcisista; y un 50 % de los participantes le adjudicaron trastorno límite y trastorno esquizoide de la personalidad. Con todo, Garrido insiste en que la psicopatía «es más que la suma de diversos diagnósticos que pueda compartir», ya que su patrón de rasgos es «único».

«Angie, la imperturbable»

Del asesinato perpetrado por María Ángeles Molina, «Angie», se dijo que había sido el «crimen perfecto». La sentencia que la condena la describe como «una homicida extremadamente calculadora, aunque fue más el espectáculo, porque la muerte de Ana Páez — su víctima— tenía pocas posibilidades de quedar impune», cuenta Garrido. 

El Tribunal consideró probado que Angie suplantó la identidad de su víctima, se hizo pasar por ella y, utilizando el DNI, que al ser la jefa de Recursos Humanos de la empresa donde ambas trabajaban había podido conseguir, contrató varias pólizas de crédito y seguros de vida a su nombre con un valor que superaba los 940.000 euros. Su plan comenzó dos años antes del asesinato y, como beneficiaria situó a una mujer a la que le robó su documento de identidad, y que, como se descubrió tiempo después, no tenía idea de lo que estaba sucediendo. 

El crimen ocurrió en febrero del 2008, en un piso de alquiler por horas de Barcelona. Adormeció a la víctima, la asfixió y depositó restos de semen en su boca y vagina, que pertenecían a dos gigolos contactados en los días previos. El objetivo no era otro que simular que su amiga, Ana, había fallecido en un arriesgado juego sexual y así poder cobrar la larga lista de seguros. 

«Ella siempre tuvo una visión instrumental de los otros. Incapacitada para un amor básico, usaba a las personas con las que se relacionaba como medio para obtener cosas que le satisfacían», apunta el psicólogo y catedrático de Criminología. En esencia, es una psicópata. «Cuando no hay capacidad para conectar significativamente con el otro y no hay una conciencia que establezca límites morales al comportamiento, la idea de matar a otra persona no parece algo descabellado», añade. Especialmente, cuando ella pensaba que su crimen había sido perfecto. Su idea estaba lejos de la realidad y, en el 2012, la Audiencia de Barcelona la condenó a 22 años de cárcel. 

«Angie», María Ángeles Molina, durante el juicio celebrado en el 2012.
«Angie», María Ángeles Molina, durante el juicio celebrado en el 2012.

«El Asesino de la baraja», una confesión para obtener protagonismo

El primer asesinato de Alfredo Galán, más conocido como el «Asesino de la baraja» se produjo el 24 de enero del 2003. La víctima fue Juan Francisco Ledesma, portero de un edificio situado en Chamberí, que murió de un disparo en la cabeza. El 5 de febrero cometió dos crímenes más. Primero, en una parada de autobús; unas horas más tarde, en un bar de la localidad de Alcalá de Henares. Galán no volvió actuar hasta un mes más tarde, cuando el 7 de marzo hirió a otro varón de un disparo en la cara que, pese a la gravedad, sobrevivió al ataque; y terminó su andadura casi diez días después, el 18 del mismo, con el asesinato de una pareja. 

«Harto de la ineficacia policial», decidió entregarse cuatro meses después. Primero, y bajo los efectos del alcohol, lo intentó en la tarde del 3 de julio. Sin embargo, un agente de la policía local de Puertollano no le tomó en serio por el estado en el que iba. Horas más tarde, se presentó en la comisaría de la policía nacional del municipio confesando que era «el asesino de la baraja». La Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a 142 años y tres meses de prisión. 

¿Por qué dejaba un naipe en el lugar?, ¿qué nos dice sobre su perfil? Este gesto que, al parecer, había adoptado como firma a raíz de una ocurrencia después de encontrarse con otro en la segunda escena del crimen, «nos muestra el fin último de sus asesinatos que no era otro que el reconocimiento», cuenta Garrido, que añade: «Su vida había sido un fracaso, ni siquiera había tenido éxito como soldado profesional, una fantasía que mantuvo durante mucho tiempo, dado que le gustaban mucho las armas. Veía en este rol el de alguien valiente y la oportunidad de destacar en algo por vez primera», señala. 

Precisamente, esta carencia de éxito activó un deseo «de desquitarse de una sociedad que siempre lo había tenido relegado y, en su percepción, humillado». De esta forma, demostraba que podía matar a quien quisiese cuando él quisiese, «un acto definitivo de poder». 

Su papel como asesino de la baraja se oponía a su rol como ciudadano normal. Cuando era un criminal, «infundía terror en toda la provincia de Madrid, era alguien muy poderoso. Y su entrega voluntaria hay que entenderla en ese sentido», aclara el catedrático en Criminología. Como una manera de reivindicar que había sido él, y nadie más, el artífice de tanto miedo. 

El asesino de Pioz, «un psicópata con todas las de la ley»

Patrick Nogueira, apodado como el «asesino de Pioz», es «con todas las de la ley un psicópata», apunta Garrido, quien explica que este homicida ilustra «muy bien» la violencia instrumental. Nogueira mató a sus tíos y a sus primos en agosto del 2016 y retransmitió el crimen a través de Whatsapp a su mejor amigo. «Maté primero a la mujer y después a la mayor de tres años. Luego al pequeño de un año. Pensé que me daría asco, pero soy un enfermo. Tío, solo estoy esperando al cuarto integrante (su tío)», decía en uno de esos mensajes. Así, hasta intercambiar más de cien durante dos horas y media. 

Patrick Nogueira, que asesinó a cuatro miembros de su familia.
Patrick Nogueira, que asesinó a cuatro miembros de su familia.

Cometió un asesinato múltiple «claramente premeditado»: «Podemos ver en sus actos durante las horas que pasó en la escena del crimen cómo obtenía una poderosa gratificación emocional mientras llevaba a cabo los crímenes», explica el experto, quien destaca la capacidad para asesinar a unos niños pequeños como prueba de ser un psicópata homicida: «La naturaleza esencial de este perfil se revela en el acto de matar, porque el poder de poseer a la víctima por completo satisface en él la necesidad que tiene toda persona de vivir para algo», indica. 

Al contrario que la psicopatía, quienes no lo son viven para ser apreciados: «Mediante nuestros vínculos de amor y amistad forjamos una vida con sentido». En cambio, el serial killer se aleja de ello. Tras varios recursos, Nogueira fue senteciado por el Tribunal Supremo a cumplir 25 años de prisión, más tres condenas de prisión permanente revisable

El caso José Bretón: «Para él no fue difícil puesto que nunca los había querido»

El caso José Bretón es, probablemente, uno de los que más conmoción ha causado en los últimos años en España. El 8 de octubre del 2011, Bretón asesinó a sus dos hijos, Ruth, de seis, y José, de dos, y después calcinó sus cadáveres hasta casi no dejar rastro. 

Fue un acto planificado. Un mes antes, su entonces mujer, Ruth Ortiz, le dijo que quería divorciarse y fue entonces, cuando, según la investigación, ideó el plan de acabar con la vida de los dos pequeños como venganza. Para ello, según recoge la sentencia, «decidió que el lugar más adecuado sería una finca de sus padres, sita en el Polígono de las Quemadas de la ciudad de Córdoba» y que «la fecha adecuada sería el 8 de octubre de 2011, aprovechando que ese fin de semana estaría con los niños».

Con la idea en mente, comenzó toda una serie de preparativos como la compra de un ansiolítico y un antidepresivo, con el objetivo de «adormecer e incluso matar a sus hijos con toda facilidad». Bretón también hizo acopio de leña en la parcela y adquirió grandes cantidades de gasóleo. 

Garrido hizo una investigación de este homicida, junto a Patricia López, que recoge en El secreto de Bretón. «Es un psicópata confinado al ambiente familiar, que se limita a la violencia psicológica, sobre todo en forma de control», detalla. Algunos psicópatas «se contentan» con reinar en su mundo privado, «y si logran mantener ese control no tienen por qué cometer actos extraños», apunta el criminólogo. Por eso, cuando su esposa lo dejó, «Bretón ideó un plan para ser de nuevo el centro en la vida de ella, sus hijos eran el medio para lograrlo», destaca. 

La realidad muestra que la psicopatía se presenta en un amplio abanico de formas. «No todos son serial killers (Bundy, Ferrándiz) o matan de forma cruel y espectacular para desquitarse de gente que piensa que le ofendió gravemente (Nogueira)», aclara Garrido. Algunos son psicópatas integrados, «sin delitos previos», que viven en sus casas y, «aparentemente», aman a sus familias. Sin embargo, «esa fachada solo permanece en la medida en que pueden considerarse los seres más importantes y reciban satisfacción a su necesidad de control y reconocimiento», analiza. 

Por ello, Garrido afirma con conocimiento que para Bretón, hacer lo que hizo «no fue difícil, puesto que nunca los había querido». En otras palabras, «el psicópata solo se quiere a sí mismo».

Psicopatía, sociopatía y la maldad

Psicópata o sociópata, la diferencia no solo radica en los términos, sino en el origen de la condición «de personalidad o trastorno, si queremos llamarlo así». En el primero se asume que existe una predisposición genética que, a su vez, «se desarrolló en un ambiente que propició que tal tendencia innata cristalizara en comportamientos de violencia y explotación», explica Garrido. Por su parte, en un sociópata se asume que ha habido un medio de crianza «que lo modeló de forma muy poderosa para actuar de modo violento», indica el experto. Mientras que este último es capaz de mantener lazos afectivos «auténticos» con personas que le rodean, «el psicópata no quiere a nadie». 

¿La maldad existe? Si esta se define como un ejercicio intencionado de un daño a otra persona por motivos egoístas, «sin duda», responde tajante Garrido. «Aunque este término pueda ser entendido como una valoración moral, esto no excluye la realidad de la acción». Existe un daño y un sufrimiento ajeno. 

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.