«Lo que tenga que pasar, pasará»: así reacciona la mente ante un conflicto bélico

Laura Miyara / Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Las personas que sobreviven a conflictos bélicos suelen padecer trastorno de estrés postraumático.
Las personas que sobreviven a conflictos bélicos suelen padecer trastorno de estrés postraumático. La Voz de la Salud | iStock

Las primera horas de guerra en Ucrania están provocando una reacción psicológica denominada «indefensión aprendida»

25 feb 2022 . Actualizado a las 18:15 h.

Cuando el presidente ruso Vladimir Putin dio inicio, tras largas semanas de tensión, a una operación militar en el este de Ucrania, con bombardeos que impactaron en distintas ciudades de ese país, se desató un estado de emergencia en la región que fue la confirmación de lo que el mundo entero estaba temiendo. Había comenzado la guerra. Un conflicto bélico en Europa. Pero, cómo afecta un conflicto de estas magnitudes a la salud y estabilidad de la población civil amenazada.

Ante este panorama, el riesgo no se limita a los soldados involucrados en la línea del frente. Se trata, a todas luces, de un evento que impactará de forma traumática en las vidas de millones de personas. En este contexto, además de la seguridad física, la salud mental de la población está en peligro. Así lo advierte Alfredo Guijarro, presidente de la Sociedad Española de Psicología Aplicada a Desastres, Urgencias y Emergencias (SEPADEM). «Ya se vio en la guerra de Yugoslavia el aumento tremendo de suicidios que hubo, porque la gente no tenía escapatoria a no ser que fuese yéndose del país, siendo refugiados. Y eso es lo que estamos viendo ahora mismo en todos los países limítrofes con Ucrania», observa el especialista.

La psicología de emergencias, difundida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un documento publicado en el 2012, se basa en tres principios de actuación: observar, escuchar y conectar. Mientras que la psicología clínica se enfoca en tratar a pacientes que experimentan respuestas desproporcionadas ante situaciones cotidianas, en los casos de catástrofes, emergencias o conflictos bélicos, la sintomatología viene de la mano de la magnitud de unas circunstancias adversas y, frecuentemente, súbitas. Prestar apoyo a personas en estas situaciones es, entonces, sumamente complejo.

«Desde la psicología, intervenir en este momento es difícil. Porque, entre otras cosas, para que tú puedas empezar a trabajar con la gente, tienes que primero aislar el estímulo agresivo. Y el estímulo agresivo, es decir, el conflicto, va a estar presente hasta que el presidente Putin decida que hasta ahí quiere llegar. Entonces, a los psicólogos ucranianos les toca una papeleta muy, muy, muy complicada», señala Guijarro. En este sentido, las consecuencias de la guerra a nivel de salud mental de la población recién se encuentran en un momento incipiente.

La psicosis y el miedo, el pánico, se apoderaron de la población ucraniana y de sus familiares asentados en España. Una tensión que mantenían desde hacía ya semanas, desde que las tropas rusas amenazaban en la frontera. «A miña vida xa está aquí, pero sigo con moita atención o que pasa no meu país», contaba Ruslana Kryvko, que lleva media vida en Galicia y tiene a parte de sus seres queridos al oeste del país. 

¿Cómo se vive el día a día cuando sabes que en cualquier momento la guerra puede estallar? «Eso es una clara situación de ansiedad mantenida», precisa Mario López, presidente de la Asociación de Psicología Generalista, que añade: «Normalmente, la respuesta ansiosa se expresa mucho más antes del peligro, o una vez este ha pasado. En cambio, cuando el riesgo está delante, el organismo y nuestro sistema cognitivo tiene las suficientes herramientas para concentrarnos en buscar una solución», explica el profesional. Ante un futuro incierto, la mente va creando diferentes escenarios. Y estos siempre ponen a la persona en lo peor.

¿Podemos hablar en este momento de un ataque de pánico? «Para nada, para que exista esta clasificación diagnóstica tiene que existir una ausencia de un peligro real», señala Josep Ramón Domenech, vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada (Asepp), que añade: «Todas las semanas que han vivido con una tensión brutal pueden originar un trastorno por estrés, o una vez haya pasado un mes, un trastorno por estrés postraumático. Se mantienen a la espera, a la amenaza, y es posible que muchos de ellos manifestaran una preocupación excesiva, irritación o alteraciones de memoria. También que tuviesen problemas para concentrarse, problemas para dormir, y una serie de síntomas físicos habituales en todo episodio de ansiedad, como puede ser una sensación de falta de aire, taquicardias o incluso, síntomas de despersonalización y de desrealización», añade el doctor. 

Por aquel entonces, la familia y amigos de Ruslana, en Ucrania, seguían con su día a día sin otorgar demasiada relevancia al otro lado de la frontera: «O que me din é que o problema alí vívese de xeito máis tranquilo que o que se ve na televisión», aseguraba la mujer. «Es absolutamente necesario seguir con nuestra vida para mantener una mínima estabilidad psicológica. Es decir, si anulasen toda relación social, se quedarían a solas con sus pensamientos y miedos, y por lo tanto, los ataques de ansiedad podrían ser mayores. De ahí que sea preferible seguir una cierta cotidianeidad con precauciones», precisa el psicólogo. 

Este jueves, casi un mes después, Ruslana volvía a hablar con La Voz: «Me comentan que, donde están ellos, no escuchan sirenas ni ven nada, pero también me dicen que ya se empieza a ver la presencia rusa por todas partes, por el espacio aéreo, por todo». 

La población ucraniana pasó en cuestión de horas de sentir la amenaza a vivir el peligro. El estrés y la tensión se fueron dando relevo a medida que avanzaban las semanas. ¿Cómo se pierde salud mental en un conflicto bélico? «Todos los síntomas que podrían haber aparecido las semanas anteriores se incrementan. Tal y como pasó en España con la pandemia, al principio había ataques de ansiedad que después evolucionaron a cuadros depresivos o de consumo de tóxicos», señala Domenech. 

Y en medio de la noche, las sirenas de coches de policía, el estallido de las bombas, las alarmas de guerra, el humo y el fuego. «Cuando todo esto aparece, el recuerdo se vuelve más traumático. La gente no solo sabe lo que está pasando, sino que existen señales acústicas y lumínicas de que esto ya está aquí», continúa el psiquiatra. 

Todos los adultos, a lo largo de nuestra vida, ya hemos tenido suficientes experiencias como para ir relacionando esos sonidos de alarmas, ambulancias o coches de policía con una situación de peligro

Precisamente, estas señales derivan en lo que se conoce como una asociación estímulo-respuesta: «Todos los adultos, a lo largo de nuestra vida, ya hemos tenido suficientes experiencias como para ir relacionando esos sonidos de alarmas, ambulancias o coches de policía con una situación de peligro. Y en este contexto, la ansiedad puede incrementarse con tan solo escucharlo o verlo en la televisión, sin necesidad de estar cerca», explica Mario López. Con los niños, puede haber una pequeña diferencia: «Si el menor todavía no tiene asumida esta asociación, los adultos podrían conseguir que no relacionen estos ruidos con el peligro. Se han dado casos», indica el psicólogo. 

Aunque solemos asociar las guerras con secuelas como las que identificamos con el trastorno de estrés postraumático (TEPT), que incluye síntomas como pesadillas, reminiscencias (los conocidos «flashbacks») o pensamientos recurrentes angustiantes, lo cierto es que esto todavía no les está ocurriendo a los ucranianos. «Ahora mismo no habrá estrés postraumático en las personas, porque el estrés postraumático ocurre cuando la sintomatología dura un cierto tiempo, alrededor de un mes, como mínimo. En este momento, lo que hay es un estrés agudo. El paso del estrés agudo al estrés postraumático, si siguen expuestos al conflicto, que puede durar una temporada al menos de forma latente, puede ocurrir. Tú en un incendio puedes aislar a las personas y llevártelas a un lugar seguro, y que no estén expuestas a la visión del incendio, con lo cual puedes trabajar. Pero, si estás en zona de conflicto, y están cayendo continuamente bombas a tu alrededor, es difícil», explica Guijarro.

De este modo, en catástrofes como desastres naturales, es posible ayudar a las personas haciéndoles entender, como primer paso, que el riesgo ya ha pasado y que su vida ya no corre peligro directo. Sin embargo, en la guerra, esto es imposible. «Este momento, si ya es difícil para el soldado profesional, que tiene una preparación, imagínate para civiles sin ninguna preparación bélica. En definitiva, solo se les puede ayudar a poner en práctica todas las medidas de salvaguarda que les vayan indicando las autoridades. Pero el estar continuamente con las sirenas como se está viendo que ocurre, no ayuda. Lo que ha hecho Putin, evacuar la zona y dejar nada más que a posibles combatientes, no favorece a las familias. Los hombres se convierten en soldados de hoy para mañana, prácticamente. Si hay combates con un gran número de bajas, la población civil estará fuera de ese ámbito, pero con sus padres, hermanos y maridos en combate. Con lo cual, estás a salvo, pero tu familia no», señala.

En este contexto, las personas comenzarán a notar inmediatamente los síntomas relacionados con este hecho traumático. «Lo primero que veremos serán, obviamente, dificultades para poder conciliar el sueño. Luego, ansiedad, pensamientos rumiantes, todo lo que va hacia la indefensión aprendida, un estado psicológico que se da en estos casos. Tú estás recibiendo estimulación agresiva y no tienes posibilidad de escape. Entonces, se ralentiza tu respuesta. El excesivo estado de alerta lleva a que el cuerpo se defienda pasando de ese estado inicial de exaltación a todo lo contrario: una apatía total, decir: "Que sea lo que Dios quiera y lo que tenga que pasar, pasará". Uno no puede estar en alerta continua, no aguanta tanto el cuerpo humano», explica el psicólogo.

Esta respuesta se acentúa aún más en los niños, que tal vez no cuentan con las herramientas para comprender lo que ocurre a su alrededor, pero experimentan igualmente los efectos del conflicto, «porque lo primero que ven es a sus figuras de referencia (padres, abuelos, mayores) en un estado de nerviosismo que no es normal. Y ellos probablemente no lleguen a entender la causa, pero los ven constantemente angustiados y se termina trasladando ese nerviosismo y esa inseguridad a los pequeños», dice Guijarro.

Los miedos de los ucranianos se hicieron realidad. Daria Kozhushko, residente en Santiago, reconocía el nerviosismo de su familia: «Están tratando de juntarse todos en una casa. Mi tía me dice que quiere juntar sobre todo a los abuelos, para que no pasen solos algo así. Se van a juntar y no salir a la calle. Compraron mucha comida», explicaba. 

Los ciudadanos de Ucrania están recibiendo dos estímulos a la vez, y es lo peor que hay

Precisamente, el gobierno ucraniano pidió a los ciudadanos que se quedasen en casa. ¿Puede generar esto más ansiedad? «Los ciudadanos están recibiendo dos estímulos a la vez, y es lo peor que hay», añade Josep Ramón Domenech. Al mismo tiempo que se anunciaba esta recomendación, las hileras de coches en dirección a la frontera oeste del país colapsaban las carreteras de salida de Kiev. «Cuando tienes una respuesta de ansiedad, los procesos más complejos y racionales, que se organizan sobre todo en el lóbulo frontal y prefrontal, quedan casi anulados. Aunque tu pidas calma a la población, si esa gente vive una situación de ansiedad por el contexto y la información recibida, no van a tener un pensamiento racional como para hacer caso», explica el presidente de la Asociación Española de Psicología Generalista. «Cuando existe un estrés importante, la reacción puede ser correr ante cualquier peligro o quedarse bloqueado. Y en un estado traumático como es una guerra, todo esto se intensifica», comenta Domenech. 

El problema es que, como el conflicto acaba de comenzar, las consecuencias a largo plazo en términos de salud mental son todavía difíciles de predecir. «Lo que se puede producir después de un conflicto es un aumento de depresiones, de ansiedad, aparición de estrés postraumático. Por esto hay que ir trabajando para que esto no vaya más allá y produzca patologías mucho más severas», señala el especialista.

Josep Ramón Domenech, vicepresidente de la Asepp, coincide en ello: «se incrementarán notablemente los trastornos, sean de estrés agudo o de estrés postraumático». Y, pese a estar a miles de kilómetros, «no solo afectará en Ucrania, sino también en España. Acabamos de pasar una situación traumática como la pandemia, y esto solo derivará en más cansancio y fatiga», apunta el experto. 

Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que no todas las personas reaccionarán de la misma manera ante estas circunstancias adversas. «Ante el escenario al que nos enfrentamos, las consecuencias dependerán mucho de las personas, de sus vivencias anteriores, de la red de apoyo social, de la historia propia de la persona... Hay gente que lo sobrelleva y a los cinco minutos está actuando en completa normalidad, y otros que no se recuperan de por vida. El espectro es muy amplio y depende de muchos factores, no se puede generalizar», observa Guijarro.

Estrés postraumático

El trastorno de estrés postraumático es una enfermedad de salud mental desencadenada por una situación vivida o presenciada que aterroriza a la persona. Es una de las consecuencias más frecuentes de los conflictos bélicos en términos de salud mental: según un estudio publicado en Humanidades Médicas en el 2007, el trastorno afecta a hasta un 48 % de las mujeres supervivientes de la guerra de Afganistán.

Los síntomas del estrés postraumático pueden manifestarse alrededor de un mes después del suceso, pero a veces pueden no presentarse hasta años después. Recuerdos intrusivos, recurrentes, involuntarios y angustiantes del hecho traumático, reviviscencias (la sensación de estar viviendo el momento otra vez), y angustia emocional o reacciones físicas ante disparadores que recuerden al suceso son algunas de las manifestaciones más frecuentes. Pero también afecta al estado de ánimo de manera más general, con pensamientos negativos sobre uno mismo, irritabilidad, sentimientos de culpa, desesperanza acerca del futuro, distanciamiento de los lazos sociales e incluso pérdida de memoria.

El neurocientífico Bryan Strange, director del laboratorio de neurociencia clínica de la Universidad Politécnica de Madrid y el doctor Antonio Gil-Nagel Rein, director del programa de epilepsia (unidad de neurología) del Hospital Ruber Internacional están desarrollando una investigación acerca de los circuitos cerebrales involucrados en el estrés postraumático. La hipótesis de los catedráticos es que se trata de un problema en el acoplamiento de la amígdala con el hipocampo al crear recuerdos ligados a emociones fuertes. Este tipo de recuerdos son los más duraderos, señalan los investigadores.

Lo que queda claro, insiste el psicólogo, es que hay que evacuar a las personas de la zona de riesgo para poder ayudarlas. «En el conflicto armado no se puede intervenir. Mientras dure el conflicto, la intervención es llevarse a las personas fuera de la zona de combate. En la zona de combate es inviable intervenir. Solo se pueden poner pequeños parches, detectar a las personas que están sufriendo más de la cuenta. Es lo que se llamaba "fatiga de combate" en la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. A esas personas se las puede llevar a la retaguardia. Pero en una zona de conflicto, otra intervención es inviable, porque están cayendo bombas y estás continuamente expuesto a la situación. Es la pirámide de Maslow: primero hay que asegurarse la supervivencia y ya en el tercer escalón es cuando se puede hacer una intervención. En medio del conflicto, no hay ni paliativos. Es prepararse y aguantar lo mejor que se pueda», explica.

La pirámide de Maslow establece las necesidades fisiológicas como las más básicas para un ser humano, necesidades que deben ser satisfechas antes que las afiliativas.
La pirámide de Maslow establece las necesidades fisiológicas como las más básicas para un ser humano, necesidades que deben ser satisfechas antes que las afiliativas. La Voz de la Salud | iStock

De ahí, también, la importancia de acoger rápidamente a los refugiados de este conflicto y facilitarles una salida. «Lo primero que hay que empezar a prever es la acogida de refugiados y el trabajo con ellos, que es donde podemos hacer muchas cosas para que puedan llevar una vida lo más parecida posible a la que tenían antes del conflicto. Para esto, se trabaja primero con pequeños objetivos que se van ampliando en el foco hasta que ellos sean completamente autónomos», afirma Guijarro.

Esto va en el mismo sentido que las recomendaciones de la OMS para el apoyo psicológico en emergencias: una vez que se ha aislado a las personas de la situación que las ponía en riesgo directo, se las debe acompañar y orientar en la toma de decisiones y en la ejecución de acciones que les permitan afrontar sus nuevas circunstancias. «No podemos estar tutelando constantemente, porque es contraproducente. Hay que intentar que los refugiados, en el menor tiempo posible, vuelvan a la autonomía que tenían antes. En un campo de refugiados se puede trabajar con las personas empoderando al grupo para que las mismas personas sean las que se organicen. Que el país de acogida que sea el que provea de recursos para salir adelante, pero que la tutelación no sea muy agresiva, porque eso anula a las personas», concluye Guijarro.

El 2020 se convirtió en el año con un mayor número de suicidios registrados en España desde 1906, con una media de casi once personas al día.

El suicidio: ¿cuáles son los principales factores de riesgo?

La Voz de la Salud

El suicidio es uno de los principales problemas de salud pública en el mundo. La OMS estima que cada año pierden la vida más personas por suicidio que por accidentes de tráfico, guerras y homicidios. En el 2019, una de cada 100.000 muertes en el mundo fue un suicidio, y la pandemia no ha hecho más que empeorar esta tendencia. De hecho, el 2020 se convirtió en el año con mayor número de suicidios registrados en España desde 1906, con una media de casi once personas al día, es decir, cada dos horas una persona se quita la vida. La mayoría de los afectados son varones. Por su parte, las mujeres que lo concretan suponen un 26 % de las muertes. La muerte de la actriz Verónica Forqué puso cara hace unas semanas a un problema casi siempre anónimo. 

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