Esta es la historia de la «histeria femenina» o de cómo se inventó el vibrador

Cinthya Martínez Lorenzo
Cinthya Martínez LA VOZ DE LA SALUD

LA TRIBU

Uno de los tratamientos para la histeria femenina era la masturbación asistida.
Uno de los tratamientos para la histeria femenina era la masturbación asistida. La Voz de la Salud

En el siglo XIX, esta supuesta patología se trataba con orgasmos y el tiempo que perdían los médicos en «curarla» propició el invento de estos pequeños aparatos electrónicos

07 jun 2022 . Actualizado a las 12:35 h.

A día de hoy, la RAE recoge la palabra histeria como una enfermedad nerviosa que se caracteriza por frecuentes cambios psíquicos y alteraciones emocionales que pueden ir acompañados de convulsiones, parálisis y sofocaciones. Pero si accediésemos a algún tratado médico del siglo XIX, seguramente encontraríamos la definición de «histeria femenina», una misteriosa enfermedad que solo afectaba a las mujeres. Entre el amplio abanico de síntomas de aquellas que la padecían en la era victoriana, recogidos por la historiadora Rachel P. Maines, se incluían desfallecimientos, dolores de cabeza, pesadez abdominal, espasmos musculares, pérdida de apetito, insomnio, retención de fluidos o irritabilidad.

«Cualquier mujer que no acatara las normas o que tuviera algún problema médico que no se llegase a resolver era catalogada de 'histérica'. Y se daban las dos cosas, tanto las mujeres que eran un poco más 'problemáticas' o que se revelaban, como las que tenían algún tipo de patología como el síndrome premenstrual o trastornos de la menopausia. A todo lo tachaban de histeria femenina», explica Myriam Ribes Redondo, ginecóloga y sexóloga en el Hospital Mateu Orfila de Menorca y vocal de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS). 

Los orígenes de esta supuesta enfermedad

En realidad, los orígenes de la histeria son bastante antiguos. El término  fue descrito por el médico Hipócrates y el filósofo Platón, que asociaban todos estos síntomas a un supuesto desplazamiento del útero por el interior de las mujeres —la palabra «hystera» en griego, significa útero—. 

Se trataba de una extraña patología que, al parecer, era bastante frecuente tanto a lo largo de la historia, como en diferentes países. Rachael P. Maines, en The Technology of Orgasm: Hysteria, the Vibrator, and Women's Sexual Satisfaction, recoge que en 1653, Pieter van Foreest —uno de los médicos holandeses más destacados de la época—, publicó un tratado médico con un capítulo dedicado exclusivamente a las enfermedades que padecían las mujeres. Sobre la histeria, también conocida como la «enfermedad del útero» y denominada por Foreest como «la sofocación de la madre», el doctor aconsejaba que cuando los síntomas de esta patología se presentaban en un mujer, era necesario pedir ayuda a una matrona para que pudiera masajear sus genitales y que así esta llegara al «paroxismo». Fundamenta la recomendación de este tipo de tratamiento en que ya era prescrito por otros prestigiosos médicos de la historia, como Galeno —de la Edad Antigua—. No obstante, Foreest sugería este tipo de masajes para las viudas, aquellas mujeres que vivían vidas castas o religiosas. Para las que estuvieran casadas o fueran muy jóvenes, apuntaba que «el mejor remedio era realizar el coito con los cónyuges».

Durante la época victoriana, y según los tratados que existen, el tratamiento de las mujeres que padecían histeria femenina seguía siendo ese «paroxismo histérico». O dicho de otra forma, la masturbación asistida. Los médicos estimulaban manualmente los genitales femeninos hasta alcanzar el paroxismo. Lo llamaban así, y no orgasmo, «porque no lo llegaban a considerar un placer sexual», recalca la sexóloga. «Lo catalogaban como una especie de contracciones parafísicas que se producían y calmaban a las mujeres», precisa. 

Sin embargo, no todas las mujeres que padecían «histeria femenina» eran tratadas así. Lamentablemente, «en la Edad Media tachaban a las mujeres que padecían histeria como una especie de brujas y las llegaban a quemar en la hoguera». De hecho, la sexóloga cuenta que había casos en los que se les practicaba la histerectomía o extirpación del útero. «Llegaban a hacerlo cuando consideraban que el trastorno que sufría la mujer, ya sea por rebeldía, por la menopausia, por síndrome premenstrual, o por la razón que fuese, tenía que ver con la histeria. Es decir, con algo, un ente, que tenía que ver con la feminidad dijéramos. Y sí, a veces las castraban. De esa manera, no había esos cambios de humor, las mujeres perdían el ánimo, padecían más tristeza… En realidad es terrorífico», asegura.

La masturbación era asistida porque según apunta Ribes, «en ese momento no se consideraba sexual, sino un tratamiento de masaje». Además, añade que «no es que estuviera bien o mal visto que las mujeres se masturbaran, sino que las mujeres en aquella época eran un simple instrumento para el sexo de sus parejas. Antes de la época victoriana, y también durante esos años, su papel era de sujeto reproductivo, nada más». 

Pero los médicos encontraron un inconveniente al tratamiento de estas mujeres mediante masturbación asistida: se cansaban al tener que dedicarles tanto tiempo en consulta.  

Y llegó el vibrador

El método de masturbación asistida provocaba molestias musculares a los médicos. Y esa fue la razón que llevó al doctor inglés Joseph Mortimer Grandville, a finales de la década de 1880, a inventar el primer vibrador eléctrico con fines médicos para aliviar los síntomas de histeria. El nombre de dicho isntrumento era Granville's Hammer —Martillo de Granville—. Según señala la historiadora Maines, mecanizar esta tarea aumentó significativamente la cantidad de pacientes que un doctor podía atender en un día de trabajo.

«Después se comercializó para poder utilizar en casa para que no tuvieran que ir al médico. Lo que pasa es que a partir de ahí, con el tiempo, se llegó a sus connotaciones sexuales. Y al tener que ver con el sexo, la sociedad de aquel entonces, que era bastante puritana, dejó que todo eso quedara bastante oculto», comenta la sexóloga. De hecho, cuando Mortimer se entera del uso «inmoral» de su dispositivo, intentó desligarse de él. 

La desacreditación como enfermedad 

La desacreditación de la histeria femenina como una enfermedad no llegó hasta el 1952, cuando la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) afirmó que se trataba de un mito. En este sentido, la historiadora Maines asegura que los síntomas definidos hasta ese año como «histeria» podían haber sido, o por lo menos en gran parte, «el funcionamiento normal de la sexualidad de la mujer en un contexto social patriarcal que no reconocía su diferencia esencial respecto a la sexualidad masculina». Así, a día de hoy podemos llegar a entender que la supuesta patología que sufrían aquellas mujeres era la represión sexual de la época. 

Antes de llegar a esta consideración por parte de la APA, lo cierto es que el número de diagnósticos empezó a disminuir con el tiempo. Con tantos síntomas posibles, los médicos empezaron a entender que se llegaba a denominar histeria a cualquier estado que no se podía identificar como otra patología. De hecho, Sigmund Freud también propició que desapareciera la histeria como enfermedad al empezar a profundizar en el estudio de la mente humana. 

Thomas Walter Laqueur, sexólogo e historiador estadounidense, explica en Making Sex: Body and Gender from the Greeks to Freud algunas de las claves que ayudan a entender toda esta confusión que existía sobre la salud sexual de las mujeres. Según él, hasta el siglo XVIII no se había desarrollado un vocabulario completo y significativo de la propia anatomía femenina. Vulva, labios y clítoris no siempre se llegaban a distinguir de vagina, o la vagina del útero. Por eso, al leer estudios premodernos de ginecología, resulta difícil descifrar las descripciones de tratamientos, porque los genitales femeninos no están diferenciados. Las referencias a la sexualidad femenina se solían dar en términos masculinos, como por ejemplo, a las secreciones de las glándulas de Bartolino —que se encuentran a los costados de la abertura vaginal y secretan un líquido que ayuda a lubricar la vagina— se les llamaba «semen» o «semillas». Sobre el porqué de este hecho, Laqueur asegura que los profesionales que escribían sobre anatomía «no veían ninguna necesidad de desarrollar un vocabulario preciso de anatomía genital, porque si el cuerpo femenino era una versión menos caliente, menos perfecta y, por lo tanto, menos clara del cuerpo canónico, importaban mucho menos las marcas orgánicas distintivas, ni hablar de las genitales».

Los beneficios de la masturbación

Lo que sigue siendo un hecho del que cada vez hay más evidencia es de los beneficios y el efecto terapéutico que tiene la masturbación femenina. Así lo argumenta la ginecóloga y sexóloga Ribes: «La masturbación en sí ayuda al autoconocimiento y a la mejora de la autoestima. Y también un poco de empoderamiento, porque al final te das cuenta de que no necesitas a nadie para eso. Un poco esas tres cosas. Pero luego a nivel biológico y fisiológico el placer, la obtención de placer y el orgasmo, propician toda una serie de cambios a nivel fisiológico, neurológico, hormonal, de vascularización… que producen muchos beneficios que también se han demostrado. Tanto a nivel de enfermedades como de mortalidad. Es decir, disminuyen las enfermedades cardiovasculares, la prevalencia a veces de algunos cánceres, la depresión o la ansiedad, y es beneficioso para la sequedad vaginal, los músculos del suelo pélvico o la piel».

Además, la sexóloga también apunta a un mejora de la creatividad y la eficacia. «Eso también se ha visto porque de hecho, muchos grandes creadores, pintores, cuanto más creaban era en las épocas que más vida sexual tenían. No solo masturbación, sino que había más orgasmos, que son una herramienta terapéutica».

Sin embargo, Ribes recalca la distinción entre la masturbación y el placer orgásmico: «Con la masturbación obtienes un placer y un orgasmo, y ese placer y orgasmo es el que produce esos beneficios. El hecho de la masturbación en sí solo, lo que sí produce es un autoconocimiento y una mejora de la autoestima porque realmente te estas dando placer, te estas queriendo, te estas cuidando, y eso ayuda mucho. Inconscientemente tu cerebro interpreta que eres merecedora de ese cuidado».

La sexóloga considera que aunque este suceso se trate de un evento histórico y pasado, «todo lo que nos llega de antes sigue formando parte de nuestra educación». Para ilustrar ese pensamiento, da otro apunte sobre historia de salud sexual femenina: «La sexualidad de la mujer es ahora emergente. Hay un montón de estudios y gente que trabaja en la sexualidad femenina. Pero, por ejemplo, la anatomía de los genitales masculinos, incluso internos, es antigua y se encuentran tratados viejísimos. En cambio, sobre el sistema sexual femenino, el primer tratado de anatomía del clítoris es del 1998. Helen O'Connell, una uróloga australiana, fue los que describió todos los elementos del único órgano humano que está diseñado para el placer. Es una fecha muy reciente».

«Queda que lo normalicemos, que nos demos cuenta de que la sexualidad y el sexo es salud. Es algo fisiológico, igual que el sistema digestivo o respiratorio, ciencia pura», concluye. 

Sobre el invento del primer consolador eléctrico existe una película, Hysteria. Una comedia romántica ambientada en la Inglaterra de finales del siglo XIX. Aunque algunas escenas se corresponden a la ficción, el filme se ciñe muy bien a este acontecimiento histórico. 

Desde orgasmos hasta el control de la micción: la importancia de cuidar el suelo pélvico

Lucía Cancela

Pese a que todavía sigue ignorándose, el suelo pélvico existe y, como parte de la anatomía, tiene una razón de ser. Cada vez son más los profesionales que le prestan atención, y el número de personas (todavía menos hombres que mujeres) que les hacen caso. Ginecología, fisioterapia, ciencias de la actividad física y urología reclaman su existencia. No cuidarlo sería lo equivalente a no entrenar una pierna derecha en el turno del gimnasio. 

El suelo pélvico, mejor llamado periné, está formado por un conjunto de músculos situados en la parte baja de la pelvis. Tal y como su propio nombre hace deducir, esta musculatura compone el suelo sobre el que descansa la pelvis. Esta última debe imaginarse como una cesta hecha a base de huesos que alberga distintos órganos como la vejiga, el recto y en el caso de las mujeres, el útero. «El suelo pélvico cierra por debajo de la pelvis, que es la cara inferior del tronco. Lo que es importante es pensar que no solo lo cierra por debajo, sino que a través de fascias se comunica con los abdominales por delante, y con toda la musculatura de la espalda por detrás», apunta Raquel Leirós, profesora ayudante Doctor en el área de Fisioterapia en la Universidad de León, y especializada en Fisioterapia Obstétrica, Uro-Ginecológica y Pelvi-Perineal Integral. De ahí, que todo lo que ocurra en el tronco pueda repercutir en el suelo pélvico, y viceversa. 

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Cinthya Martínez Lorenzo
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De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.

De Noia, A Coruña (1997). Graduada en Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela, me especialicé en nuevas narrativas en el MPXA. Después de trabajar en la edición local de La Voz de Galicia en Santiago, me embarco en esta nueva aventura para escribir sobre nuestro bien más preciado: la salud.